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Nuestro corazón lo sabe

Reflexión y meditación
Martín González Cremonesi

El fin de semana pasado  un grupo de amigos nos encontramos en un retiro para practicar en un clima de silencio y convivencia. Hacia el domingo a la mañana iniciamos un ejercicio de caminar consciente.  El caminar silenciosamente cada paso nos pondría en el presente. Cada paso sería un llegar a casa, un estar aquí y ahora…caminando. Habíamos practicado todo el día del sábado la meditación sentados, la respiración consciente y habíamos reflexionado juntos acerca de la necesidad de estar presentes en todos los ámbitos de la vida para poder experimentar la felicidad en el diario vivir y no reservarla como una especie de ideal muy bello pero inalcanzable.
Caminábamos atendiendo a nuestra respiración, al ritmo de una respiración calma y profunda en una mañana luminosa y fría. La consigna fundamental era, no dar el siguiente paso si no advertíamos que habíamos estado presentes “en un 100%” para el paso anterior. Y cada tantos pasos, cuando sintiéramos que estábamos en la sintonía del caminar consciente podíamos detenernos y decirnos: “he llegado, estoy en casa” como sembrando esa fe que proviene del estar en camino. Luego las prácticas continuaron y en la sobremesa en la que estábamos sintetizando y compartiendo nuestras experiencias en este retiro una compañera dijo: “cuando caminábamos en un momento pensé que no podría dar nunca el segundo paso porque nunca estaba en un 100%... ¿estaba un 75 tal vez? Y allí me di cuenta que trataba con mi exigencia que tanto sufrimiento me había causado”.

Tomamos entonces ese comentario y lo compartimos: a todos nos había pasado algo parecido. Y al mismo tiempo, todos habíamos caminado igual, inclusive ella. Todos supimos que no lográbamos estar un 100% todo el tiempo, en todos los pasos, pero aun así, igual caminamos. Y el caminar igual nos dio, a pesar de nuestra dificultad por estar 100% en el momento presente, la gracia de la paz que se experimenta al llegar a casa. En ese caminar, unos llegamos antes, otros después, unos nos perdimos y tuvimos que volver a empezar, otros sostuvieron con su total presencia  la práctica de los demás. Y todos recibimos de igual manera la gracia de la paz de volver a casa y de sentirse acompañados en ese caminar juntos, no solo en ese ejercicio sino, a lo largo de todo el fin de semana.

Pero lo más lindo para compartir no es quizás el resultado sino, el proceso. Nadie se detuvo. Nadie quedó parado allí en el lugar atado a la exigencia que experimentábamos y que intentaba anclarnos a la lógica del ego: te sacrificas y recibes a cambio, tanto das, tanto recibes, tanto mereces tanto se te paga… La lógica del corazón, la lógica del espíritu es bien distinta: para tener hay que dar. Y recibimos no en correspondencia matemática (y hasta lógica) según nuestro esfuerzo, sino que recibimos en relación a nuestra respuesta. A nuestra vocación de escuchar y ponernos en camino, comenzando el trabajo de ir hacia la realidad. Luego, en ese caminar, todos damos de nosotros lo que tenemos y todos recibimos la misma paz del espíritu que nos dice “has llegado, estás en casa” y nos paga con sus dones de los que todos participamos.

Nuestro corazón lo sabe: nos ponemos en camino no porque sepamos mucho a donde vamos ni qué haremos. Nos ponemos en camino porque se nos invita, desde nuestra propia naturaleza, desde lo que somos esencialmente se nos llama y nosotros iniciamos a caminar respondiendo a ese llamado interior.
Nuestro corazón lo sabe: una voz que no es nuestra, nos dirá que lo hacemos mal, que no hemos nacido para esto, que no es nuestro momento y que no tenemos nada para dar a cambio de lo que se nos “promete”, pero aun así, nos ponemos en camino una y otra vez.
Nuestro corazón lo sabe: caminamos juntos. Nadie camina solo. Todos vamos hacia el mismo lugar a realizar la misma tarea. Unos llegan antes, otros después, pero todos vamos a buscar lo mismo y todos recibimos lo mismo. Porque no vamos a buscar un salario, ni vamos a ganar una recompensa, sino que vamos a acceder a lo que es nuestro desde siempre. El caminar no es el esfuerzo por ganarlo porque era nuestro desde antes, desde siempre. El caminar es nuestra forma de recordarlo.
Nuestro corazón lo sabe: no hay prisa, no hay que rendir cuentas, no hay que pagar condenas. La voz del Espíritu es suave y compasiva y desconoce exigencias y recortes, sacrificios y deudas. Tan solo espera que nosotros nos pongamos en camino. ¿Cuánto? ¿Un 100%, un 75, un 50? ¡Qué importa! Nuestro corazón lo sabe, para recibir la paz solo hay que estar en el camino.

Ve hoy a la meditación a escuchar. Esa es la forma de ponerte en camino.No vayas con la exigencia ni con la culpa, no vayas midiéndote ni midiendo a los demás. Solo ve, dispuesto o dispuesta a responder al llamado que sientas. Si tú estás allí, tu corazón lo sabrá. Y El no mide cuántas horas has estado, ni cuanto tiempo, tan solo espera que estés, que llegues, que lo escuches y te dará a cambio lo que tú te mereces: el recuerdo de quién eres y de cuánto se te ama desde siempre.


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