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Martín González Cremonesi
Instructor de Ananda, 
casa de yoga y meditación.







a Cecilia
29 de agosto 1987- 9 de setiembre 2012


La última vez que hable con ella, la última vez que hablamos, me dijo que estaba cansada. Era martes o miércoles. Luego ya no pudimos hablar, aunque igual yo le hablé y ella me respondió (lo que pasa que en esas conversaciones que siguieron en los días siguientes, la ciencia se interpuso, los aparatos médicos hicieron interferencia, los tubos, los ruidos digitales, las luces blancas y los horarios de visita). 
Otra vez, una noche,  la soñé o a lo mejor me soñó ella a mí, vaya uno a saber: se sentó en su cama y sonriendo me pidió flores. Y cuando se las traje antes de abrazarla fui a lavarme las manos, como antes, como hacía en el sanatorio. Ella me dijo entonces, que no era necesario, que ya no era necesario que me lavara las manos. Nos abrazamos entre el perfume de aquellas flores que yo había conseguido tal como ella quería, (es que me quedó cierta pena, cierta duda, de poder haber hecho algo más al menos, para que no se aburriera, para que no temiera, para que no llorara a solas). 
También una vez pase por la cafetería. Una sola vez pase por allí. Una sola vez. Me llevó el silencio a la melancolía y no fue bueno para mí y creo que no fue bueno para ella. Porque la traje a mi tristeza y a mis dudas humanas, a esas dudas que tenemos los que aún estamos aquí preguntándonos.
Ahora estoy repasando su sonrisa y la confianza que me dejó de regalo. Estoy repasando su amistad, su sincera distancia y temor. Estoy repasando también la luz que dejó su paso por mi vida y agradeciendo voy, a Dios que nos hizo amigos del alma para nunca más perdernos. 

Ha pasado un año desde que empezamos a ser amigos en ese otro mundo donde Cecilia me espera como buen amiga. Donde me espera a mí y a los míos, a los que irá a recibir para que no teman si es que se van antes que yo y no saben de qué se trata. Ha pasado un año y es cierto que una amiga tan joven duele, despedaza el alma y el cuerpo su partida cuando nos parece tan pronto. Pero la pienso en ese silencio heroico: mientras Cecilia se recuperaba  de varias quimioterapias  participaba del grupo de meditación de los miércoles y aunque varias veces hicimos las prácticas de la compasión, ella nunca pidió que las hiciéramos por ella. Se bancaba allí, sentadita firme como "una estatua que respira", silenciosa, a veces mirándome de lejos pero sin decir nada. Y sin embargo, cuando sintió que la oscuridad le andaba cerca, cuando desde el sanatorio sentía que la tristeza la peleaba, no dudó en pedir que la acompañáramos. Y nos sentamos juntos, a la misma hora y a la distancia, cerrando los ojos, pensando en ella. 
Ha pasado un año y pasarán todos los que vengan de aquí en más. Para mí la vida no es la misma. Ha ido fructificando, poco a poco, en estos poco más de 365 días de no vernos materialmente, esa pregunta que le he hecho tanto a mi maestro: ¿Señor, a dónde van nuestros difuntos? ¿Cómo hacer para rescatarlos al menos del olvido y de la pena? Y Él, amorosamente, me dijo que mis difuntos están aquí conmigo. Desde que resucitó a Lázaro y lo llevó junto a sus hermanas y amigos para que lo atiendan, nosotros podemos saber que nuestros difuntos no están en el sepulcro del doloroso aislamiento sino, que están con nosotros más que nunca. Para siempre.

                                                                                                                      
Ella me dijo que estaba cansada
y yo pensé
en la cama, en el dolor de cabeza, en las idas y venidas,
en las agujas, en las horas del día.

Ella me dijo que descansaría
y yo creí
que se quedaría durmiendo, que cerraría los ojos un rato,
que estaría nomás en silencio como otras veces.

Ella voló por el aire de mi casa
y yo temí
por su hermano, por sus amigas tan jóvenes,
por mi corto entendimiento
por mi resistencia a ser parte de la bendición
que guardan los misterios
que nos traen ángeles
así, en su paso de luz y sueño…

Después, di la espalda a mi mundo de dudas
y volví a descubrirla tan linda
tan azules sus ojos, tan suave su voz su risa y sus lágrimas.

Después, me dejé llevar  de paseo otra vez por sus sopas,
por su enorme pan casero, por el arroz integral y los porotos.
Y me llevó por su gesto reiterado de acariciarse los rulos cortos,
de mirar con la cabeza de costado, por esa risa abierta y sonora.

Por largos ratos no hubo luz de sanatorio, ni sonido de monitores,
ni sábanas blancas ni vendas, ni horas de visita, ni informes ni nada
sino,
una ventana grande que se abría después de la tormenta, un cielo estrellado
que despuntaba una mañana seca. Un pájaro que cantaba
una flor que se movía, una estrella que no se iba,  y el sol
que nos susurraba quien sabe cuantos recados al oído.

Después nos visitó esta distancia que no se interpone,
este no estar que nos une para siempre,
ese toque que tenemos los humanos cuando nos miramos a los ojos sin certezas
como cuando nos respondimos tantas cosas en silencio
como cuando me dejó tantos regalos sin que yo le dijera nada.
Así de grande y enorme, de querida y también de frágil su presencia:

Ella me dijo que después me contestaría un mail
Y yo pensé que después lo escribiría
Y cuando quise acordar navegábamos esta vida llena de mensajes sabios
y de visitas en sueños.

Ahora trato de soltar su voz, y me cuesta escribir de ella.
Trato de pedirle que no me piense extrañándola y no entendiendo
y suelto su nombre,
al aire
al infinito amor que nos convoca
para que sea canto de aves que vuelan el cielo.

2
(Mojana)

Hoy pase por un lugar de la ciudad,
no por tu casa sino,
por un lugar muy parecido,
donde te conocí tanto como en tu casa
tanto, pero distinto.
Pase por aquél lugar de la ciudad
donde tus sueños y algunos desvelos
volaron por el balcón angosto con reja
hacia una calle linda y soleada.
Hoy estuve pensando en vos a la mañana
y como sin querer las horas
me llevaron a tu ausencia- presencia
a este diálogo silencioso
que me enmudece.

Se mezclan las risas y las voces altas
del resto de la gente que quizás,
no te conoce.
Y las sillas donde se sientan y se paran,
y se levantan y se van
hacen tanto ruido…(para mí
que les chistan, a ver si se callan un poco
que interrumpen tu magia viniendo).

Se mezcla el ruido de los platos y los cubiertos
con las bocinas de los autos afuera.
Se mezcla el aire con el viento.
Se mezcla la única silla que ocupo
en esta mesa casi vacía
donde podríamos estar sentados los dos,
con este té caliente que tomo a sorbos
tan tangible.

Como la pared de la casa grande
que asoma desde la vereda de enfrente
es tan tangible.
Como el cartel que le colgaron de "se vende”
es tan tangible.
Como el vaso pequeño de vidrio
como la cucharita, como la tetera
como la comida que comen en otras mesas es tan tangible.

Qué triste me pone todo esto,
y qué triste me quedo,
qué solo estoy acá
en esta mesa sentado
que apenas me pasa el aire por los ojos
y se me secan el corazón y los ojos.
Y esa voz tuya que se mezcla
tangible,
como el  mundo tangible de los afectos.
Como la velocidad, como lo rápido de la vida
como el tiempo corto en el que tomaste tus cosas tan en serio
qué pronto, qué rápido...
qué mezcla: este lugar tuyo
en el que ya no estás presente
y sin embargo qué tangible la tristeza
de los que nos quedamos.

Ha pasado un buen rato de silencio y sorbos de té.
Estar aquí es un ejercicio a veces casi violento.
Digo a veces, como decir por momentos.
Violento porque te veo
te escucho
te encuentro en tus atenciones
y venís a sentarte conmigo un ratito
(esto quizás no sea tan tangible).
Violento porque decido quedarme
para no huir y acompañarme. No escapar de mí mismo.
No salir corriendo por ahí conmigo a cuestas
allá a donde vaya.

Estoy pensando en hurgar aún más en el silencio...
¿Estás ahí?

3
Como un ave del cielo
tu vuelo,
unirá las nubes más altas con esas ramas
donde la sombra de un árbol
un día
te dio descanso. Y florecerás
como flor en una planta
hundida en la tierra y llena de aromas,
dulces y tenues.

Como el agua misma
que riega el cielo un día de lluvia
y llena la tierra de ríos y mares
nacerás como entre piedras
para venir a dar color a mis días de primavera.

Lo sé
ya no me pregunto
sino que sueño y también despierto
con tu música:
                        estarás un día de estos
a la puerta de nuestra casa,
soltando una sonrisa y yo
sin conocerte
voy a quedar prendido de tu estrella
de tu ave volando lejos
de tu flor y de tus aromas
y en penumbras,
escribiré tus nombres nuevos,
ahí
donde tu otro cuerpo hará sombra.
                                                                                
                                                   

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