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Andar el silencio














Días atrás conversábamos con unas amigas luego de practicar.Una preguntó: ¿Qué es peregrinar? y entre los tres que estábamos allí, intentamos acercarnos a través de las palabras a las experiencias que quizás alguno había ya tenido o que desearía tener un día. Entonces hoy busqué este texto de 2014 que escribí al volver del Valle Sagrado en Cusco. Quizás  este texto, relato fiel pero siempre incapaz de contar que fué lo que vivimos con mi compañera caminando esos caminos, nos ayude a despertar en cada uno de nosotros ese peregrino que vive para llevarnos a la hondura de la vida.

mayo, 2014 en Valle Sagrado de Cusco, Perú.

Desayunamos temprano en el pueblo de Ollantaytambo donde nos quedamos cuatro días. El canto del río nos duerme a la noche, nos arrulla a la madrugada y nos despierta, temprano a la mañana invitándonos a salir y respirar ese aire frío y seco de la montaña. Desde la puerta de nuestra habitación, en un pequeño balcón de madera que chilla cuando lo caminamos, restan unos cincuenta metros hasta el río que pasa rápido, ruidoso, cantor entre piedras y pequeños saltos. Hay un silencio diferente aquí: por ejemplo, el canto de las aves hace eco en las montañas cercanas y suena un canto profundo, como lleno de espacio. La luz de un sol que aún se esconde detrás de las alturas, la luna llena de mayo, trasnochadora y bella compañera de lujo en esta parte del viaje, aun no va a dormir y todo esto también parece formar parte del silencio. Todo parece magia pero no lo es. La creación es así. La naturaleza es esta maravilla inmensa donde despertamos cada día y donde nos vamos a dormir cada noche. Y su majestuosa humildad nos llama a que nos dejemos conmover por esos picos que parecen estar allí al alcance de la mano, todavía envueltos en algodonadas nubes. Este pueblo es un antiguo pueblo original que conserva lugares libres del ajetreo y la contaminación turística. Este lugar donde nos quedamos, de hecho es uno de ellos. Construido sobre las terrazas originales, cada espacio del hostal está en un nivel diferente y hay que subir una escalera para ir a las habitaciones, y hay que bajar dos para ir al comedor,  y la calle de piedra irregular está sobre el nivel de la puerta de entrada lo que hace que la casa parezca enclavada entre terrazas. Desayunar temprano, a solas en el salón comedor, es un regalo de la vida. Leche caliente y espesa, pan casero, dulces, café, cereales andinos y jugo de fruta… y ese cantar del río metros más abajo es una invitación a preguntarnos ¿qué nos deparará el día? ¿Qué historia va a contarnos hoy la montaña?

Hemos salido camino al puente del Inca en las afueras del pueblo amurallado. Cruzamos el río en una altura que es ancho y lento pero no menos bello. Desde la montaña de enfrente el pueblo desaparece tras altas murallas y grandes terrazas y mirándolas uno puede imaginarse que algo esconden. Hemos elegido llegar hasta allí por el camino de los lugareños, entre las casas de los monteadores que preparan las carpas y los útiles de los campamentos de quienes hacen el camino del Inca, bocinas de autos pequeños y camionetas cargadas, perros que andan indiferentes al movimiento apurado de las gentes, vapores de ollas con hervidos de gallina y verduras, mujeres con delantales que acarrean alimento para los cuys: el mercado de frutas y verduras…otra experiencia.

Hoy, caminamos por la montaña de enfrente al pueblo. Por entre las chacras y los fondos de las casas. Nos adentramos en un mundo que no sabíamos que aún existe: quintas sin alambrar, amabilidad de los lugareños siempre dispuestos a indicarte por dónde ir a donde quieras ir. Jamás una mirada de hostilidad o desconfianza. Caminamos unas cuantas horas sintiendo por momentos únicamente el ruido de nuestros pies en el camino de tierra. Maravillados casi siempre por tanta belleza allí, a la mano, disponible y generosa. Esta es una belleza libre de la sensualidad cultural o de los medios de comunicación, por eso nos sorprende de una manera diferente. Es una belleza que integra una casa de barro, un jardín florido, un perro que ladra, el maíz secándose al sol. Es una belleza que trae seres humanos, personas a nuestro encuentro que saludan amablemente y continúan su largo caminar hacia dentro en la montaña o hacia abajo, camino al pueblo. Esta es una belleza que nos pone en conversación y también nos lleva hacia el silencio. Así es peregrinar. Uno lo va descubriendo a medida que camina las horas del día y trae su vida a ese caminar. Es un diálogo profundo con Dios a través de la vida misma. Están allí en la pendiente, nuestras dificultades y en el descanso, nuestros amigos. Vienen con nosotros los afectos cuando la bruma cambia los colores del paisaje y lo envuelve todo en suspiros del espíritu que palpita, allí con nosotros, en el silencio profundo del alma.

¿Caminar la vida no es esto? Están aquí en la montaña los años vividos, las penas, las alegrías, los amigos, los difuntos, los hijos y también los enemigos: nuestros apegos, nuestra mezquindad, nuestra indiferencia. La naturaleza nos conmueve y esto quiere decir en términos de autoconocimiento que luego, al volver ya no seremos nunca más los mismos.

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