Hoy muy temprano seguramente no fui el único que al abrir los ojos buscó un rayo de luz del sol. Amanecía y a lo lejos una fina línea rojiza y los vidrios de la ventana empañados anunciaron al menos tímidamente que hoy tendríamos sol. Mientras que en muchos países al año pueden haber más de cien días sin cielo despejado, mientras en muchos países del mundo el cielo ya no se ve como lo vemos tan a menudo aquí en Uruguay, azul y luminoso, a nosotros nos parece pues, muy raro difícil de llevar cuatro días de nubes. Más aún con lo difícil que ha tocado a varias comunidades tras el tornado y las inundaciones. Eso seguirá, pero todos sabemos que no es lo mismo lloviendo que con el cielo despejado.
La práctica nos invita a vivir la vida desde esa experiencia. La meditación diaria, un rato de meditación y oración cada día no nos salvará de lo que tenga que ocurrir, pero es una invitación a vivirlo desde un perspectiva bien diferente. Incluso, muchas veces por la meditación experimentada nuestra atención es más firme y podemos descubrir las causas del sufrimiento, y evitar seguir sufriendo o haciendo sufrir a otros, entonces la práctica allí sí nos evita el sufrimiento. Pero otras veces no es así. No podemos evitar un tornado o una inundación, pero si sale el sol, si ilumina su luz y sentimos su cálida presencia, entonces todo se vive diferente. Asi es la mente que medita. Así es el corazón del practicante que va a la práctica no a solucionar problemas sino, a encontrarse con la fuente de vida, con la hondura y la compasión que mana como manantial desde sí mismo y como gracia del Espíritu.
Que nuestra práctica siga siendo refugio verdadero para nosotros, ante nuestros dolores y también lugar de encuentro y refugio para los demás.
Que podamos sostener una disciplina que nos anime y nos invite amablemente a mirar hacia el cielo ni bien abrimos los ojos a la mañana y justo antes de dormirnos a la noche, para que nuestro día sea encuentro y ofrenda, reconocimiento y sembrar.
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