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Nuestro tesoro




La muerte es la gran incógnita de la vida que tanto rechazamos y que tanto nos atrae desde siempre. Cuánta literatura, cuántas reflexiones, cuánto se ha dicho y cuánto nos queda por decir todavía acerca de la muerte. La humanidad de todos los tiempos y de todos los rincones del mundo se lo preguntó desde siempre. Y en el tiempo que cada ser humano le toca vivir, desde que nacemos, sólo una cosa es segura: un día vamos a morir.

Unas culturas hablan del cielo, de la vida perfecta después de la muerte. Otras de la reencarnación. La vida con los antepasados, el paraíso personal, reencarnar en grupos con almas con las que tendríamos cuentas pendientes, el cielo o el infierno, el karma, el shambala, nirvana o la nada: morir y allí se termina todo.

Pero más allá de los sentires, de las tradiciones y de las esperanzas que honestamente el ser humano guarda respecto a la muerte, morir se trata de cómo hemos vivido. Más allá de lo que creas acerca de lo que sucederá cuando te llegue la hora la diferencia la pondrá el cómo has vivido hasta ese momento y esto no es un dogma, tampoco una creencia. Es la cuenta que todos los que mueren bien logran hacer. ¿Cuál es nuestro horizonte mientras estamos vivos?

Lo que aumenta la incertidumbre, lo que amenaza la calma cuando la vida avanza y nos queda menos por vivir en relación a lo vivido no es la muerte misma sino, la mediocridad de los años anteriores. Jesús dijo una vez: “donde está tu corazón estará tu tesoro”. Esa sola frase es un verdadero sadhana. Deberíamos llevarla con nosotros siempre y decírnosla cada semana y cada mes y ante cada decisión a tomar: donde está mi corazón, donde está lo que verdaderamente quiero allí estará enfocada mi energía, hacia allí estarán dirigidos mis pasos. Luego la vida trae sus imprevistos, sus dolores, luego unas veces nos equivocamos y otras acertamos y siempre estaremos tomando decisiones...pero, ¿en base a qué? ¿a nuestras necesidades o a nuestras comodidades? ¿Mirando lejos, el horizonte de una vida plena vivida en comunión con los demás, tratando de ser libres y de no ocasionar sufrimiento o en base a acomodarnos y refugiarnos del riesgo de amar?

Si la muerte es el final de todas las cosas tal como las conocemos, ¿eso quiere decir que también es nuestro final? ¿tan aferrados estaremos a los objetos y los roles que nos tocó desempeñar que con ellos también se va uno?

Si cultivamos una vida sin aferramiento, que mire lejos, cuando los objetos se van nosotros no nos vamos con ellos. Cuando los agregados del cuerpo se dispersen, cuando los signos físicos se extingan, ¿también se extinguirá nuestra vida? Dicho de otra manera: si nuestros seres queridos viven en nuestro corazón -y eso se teje mientras nos relacionamos, mientras vivimos- en ese período de la vida que llamamos “vida”...¿se irán de nuestro corazón indefectiblemente cuando el físico ya no esté presente?

Si hay una pregunta que sintetice el temor o la incertidumbre que la muerte nos genera, ésta podría ser: ¿a dónde vamos cuando morimos? Quizá podríamos preguntarnos entonces también, cuando vivimos 
¿dónde está nuestro corazón? ¿hacia donde vamos cuando vivimos?

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