La primera vez que me hice esta pregunta fue en 2013, 2014, en un viaje a Perú con un grupo, era el segundo grupo que viajaba conmigo, recién estaba empezando con esa actividad aunque iba al valle desde 2010 y enseñaba yoga y meditación desde 1999. ¿Qué me sostiene en la práctica? ¿De dónde proviene realmente ese atisbo de comprensión que pudiera estar teniendo?
Era una mañana de agosto, llovía, era el día en el que el grupo va a Machu Picchu y yo lo tomo libre para descansar y permanecer en el pueblo solo. Y entonces había salido a caminar un rato, había ido hasta la casa de un amigo local que estaba abriendo un pequeño hotel, un chico joven, que lo conocí cuando era empleado años atrás en ese mismo hotel y ahora estaban junto a su esposa y a su hermana, emprendiendo su propio proyecto. Recuerdo que hice el mate y salí por las callecitas de Ollantaytambo bajo una llovizna suave a media mañana, una hora en la que el pueblo parece detenerse. Con mi mate llegué a su casa y Eddy, así se llama él, me mostró con mucho orgullo su casa y lo que estaba haciendo en el lugar. Preparaba unas habitaciones nuevas, entonces me quité el abrigo y trabajamos juntos un rato armando unas camas. El trabajo físico compartido da lugar a una experiencia profunda de amistad siempre, mientras uno se enfoca en el trabajo al mismo tiempo se genera un sentimiento de esfuerzo compartido, se establece un lazo y hay poco espacio para el “rollo mental”… Luego de un buen rato de trabajo y charla, me volví caminando por las misma calles del pueblo. Recuerdo que escribí en mi diario algo así como que Eddy, su esposa y su hermana me daban un lugar. Aquí con ellos, yo era alguien más que un turista. Con ellos revivía mi ser amigo, mi ser del lugar y podía por un rato al menos, dejar atrás esa etiqueta de turista o de extranjero que no me gusta nada… Me di cuenta además, que en ese vínculo de amistad y respeto mutuo se iluminaban otras dimensiones de la vida y especialmente ésta de viajar con amigos cada año y de crear vínculos de amistad allá también...ese vínculo, que no era el único que yo mantendría en el valle sagrado y que luego en estos años han crecido tanto, iluminaba el sentido de esos viajes. ¿Pero sólo el sentido de los viajes?
Cuando regresé al hotel me senté a meditar un buen rato. Seguía lloviendo y el perfume de la tierra mojada y de las flores resultaba exquisito. El sonido de las gotas de lluvia sobre las hojas de los arbustos, las nubes pasando por delante del cerro, el humo de alguna cocina en algunas casas a la orilla del río que nutre este valle, el olor a leña quemándose, y el ruido permanente del agua corriendo por los canales de riego entre las chacras...todo eso seguramente inspiró mi corazón y me devolvió la pregunta con la que comencé ese día: ¿Qué me sostiene en la práctica? ¿De dónde proviene realmente ese atisbo de comprensión que pudiera estar teniendo?
Entonces conectar con el sentido de los viajes a través de la amistad compartida, de la convivencia con un grupo, de esos ratos compartidos con las personas locales que nos recibían, me llevó a una dimensión más profunda y ciertamente definitiva: el sentido de vida. Me dije: lo que me trajo hasta aquí (hasta este lugar de la vida) no fueron las técnicas y los ejercicios, ni siquiera las lecturas y el estudio. Lo que me trajo hasta aquí es la red de relaciones, de vínculos entre personas que buscan y se preguntan lo mismo. Porque preguntarse e investigar en el propio dolor y en la insatisfacción ante la vida requiere de un ambiente de contención y seguridad que sólo las personas podemos ofrecer.
¿Cuándo uno está listo a mirar en dirección a esas preguntas? Cuando se siente seguro incluso sin darse cuenta pues a veces uno no llega a pensar que se está sintiendo seguro, simplemente se siente seguro.
¿Pero acaso es que uno necesita vivir permanentemente junto a sus compañeros de práctica?
Era una mañana de agosto, llovía, era el día en el que el grupo va a Machu Picchu y yo lo tomo libre para descansar y permanecer en el pueblo solo. Y entonces había salido a caminar un rato, había ido hasta la casa de un amigo local que estaba abriendo un pequeño hotel, un chico joven, que lo conocí cuando era empleado años atrás en ese mismo hotel y ahora estaban junto a su esposa y a su hermana, emprendiendo su propio proyecto. Recuerdo que hice el mate y salí por las callecitas de Ollantaytambo bajo una llovizna suave a media mañana, una hora en la que el pueblo parece detenerse. Con mi mate llegué a su casa y Eddy, así se llama él, me mostró con mucho orgullo su casa y lo que estaba haciendo en el lugar. Preparaba unas habitaciones nuevas, entonces me quité el abrigo y trabajamos juntos un rato armando unas camas. El trabajo físico compartido da lugar a una experiencia profunda de amistad siempre, mientras uno se enfoca en el trabajo al mismo tiempo se genera un sentimiento de esfuerzo compartido, se establece un lazo y hay poco espacio para el “rollo mental”… Luego de un buen rato de trabajo y charla, me volví caminando por las misma calles del pueblo. Recuerdo que escribí en mi diario algo así como que Eddy, su esposa y su hermana me daban un lugar. Aquí con ellos, yo era alguien más que un turista. Con ellos revivía mi ser amigo, mi ser del lugar y podía por un rato al menos, dejar atrás esa etiqueta de turista o de extranjero que no me gusta nada… Me di cuenta además, que en ese vínculo de amistad y respeto mutuo se iluminaban otras dimensiones de la vida y especialmente ésta de viajar con amigos cada año y de crear vínculos de amistad allá también...ese vínculo, que no era el único que yo mantendría en el valle sagrado y que luego en estos años han crecido tanto, iluminaba el sentido de esos viajes. ¿Pero sólo el sentido de los viajes?
Cuando regresé al hotel me senté a meditar un buen rato. Seguía lloviendo y el perfume de la tierra mojada y de las flores resultaba exquisito. El sonido de las gotas de lluvia sobre las hojas de los arbustos, las nubes pasando por delante del cerro, el humo de alguna cocina en algunas casas a la orilla del río que nutre este valle, el olor a leña quemándose, y el ruido permanente del agua corriendo por los canales de riego entre las chacras...todo eso seguramente inspiró mi corazón y me devolvió la pregunta con la que comencé ese día: ¿Qué me sostiene en la práctica? ¿De dónde proviene realmente ese atisbo de comprensión que pudiera estar teniendo?
Entonces conectar con el sentido de los viajes a través de la amistad compartida, de la convivencia con un grupo, de esos ratos compartidos con las personas locales que nos recibían, me llevó a una dimensión más profunda y ciertamente definitiva: el sentido de vida. Me dije: lo que me trajo hasta aquí (hasta este lugar de la vida) no fueron las técnicas y los ejercicios, ni siquiera las lecturas y el estudio. Lo que me trajo hasta aquí es la red de relaciones, de vínculos entre personas que buscan y se preguntan lo mismo. Porque preguntarse e investigar en el propio dolor y en la insatisfacción ante la vida requiere de un ambiente de contención y seguridad que sólo las personas podemos ofrecer.
¿Cuándo uno está listo a mirar en dirección a esas preguntas? Cuando se siente seguro incluso sin darse cuenta pues a veces uno no llega a pensar que se está sintiendo seguro, simplemente se siente seguro.
¿Pero acaso es que uno necesita vivir permanentemente junto a sus compañeros de práctica?
En la tradición del yoga existieron siempre los ashram, la casa del maestro donde el discípulo vivía y establecía un tipo de vínculos con su guía y con su comunidad que en definitiva era lo que le permitía pararse sobre sus propios pies y caminar atravesando sus propias ilusiones, falsas creencias y “dolores” camino a la plenitud y la comprensión. Pero vivir con la comunidad no es la única vía de crear y experimentar lazos humanos que nos contengan y nos sostengan. También a lo largo de la vida, cuando uno es fiel a la práctica, se encuentra con personas que también buscan lo que uno busca. Y se crean vínculos, y se establecen las bases que la seguridad sicológica y emocional necesita: confianza, afecto, libertad…entonces la práctica pasa a segundo plano y lo esencial es la vida compartida, las alegrías y las penas y por sobre todo, cómo, de qué manera esas mismas relaciones interpersonales, nos redimen y nos habilitan a seguir cuando cometemos los errores que evidentemente vamos a cometer.
Siempre tuve esta intuición: para Jesús era definitiva la presencia del afecto, más incluso que el milagro que pudiera estar preparándose, o mejor dicho, los milagros que él pudiera hacer eran sólo necesarios para poder dar a conocer una forma de amor y amistad completa. Cuando luego de su resurrección se le aparece a Pedro (para salvarse de que lo apresaran a él, Pedro lo había negado tres veces), le pregunta también tres veces: “¿Pedro, me amas?”...¿le estaba reprochando algo pendiente?, o estaba creando las condiciones para que Pedro pudiera sentirse seguro y confiado nuevamente? La pregunta no se respondía con excusas ni argumentos, sólo preguntaba: ¿Pedro, me amas? Pedro, amigo entrañable de Jesús lo había negado y seguramente ahora experimentaba desazón y angustia, pues habían matado a su amigo y no iba a poder disculparse. Cargaría con ese sentimiento para siempre. Pero Jesús se le aparece. Es un milagro. Una rareza excepcional. Pero ¿eso es todo? En las relaciones que Jesús fomentaba, en la forma de vivir que el proponía, ¿ese sería el único propósito? Lo que estaba sucediendo era algo más trascendental incluso que un milagro: nadie puede cambiar, nadie puede emprender el camino de la transformación si no se siente amado. La autoestima necesaria, la seguridad indispensable para dar pasos firmes hacia la transformación personal se basan en las condiciones del amor y la amistad.
En los años que le restaron de vida, Pedro habrá pensando muchas veces en los milagros que vio realizar a su maestro: un par de “resurrecciones”, algunas curaciones, la multiplicación de los panes y los peces...pero me animo a pensar que lo que más lo habrá conmovido fue aquella charla a orillas de mar luego de una noche de pesca. El amigo, el maestro, volvió no para preguntarle porqué lo había traicionado sino para preguntarle si lo amaba. (Nuestro ego no acepta esa realidad de luz y sombra que somos. No se puede uno equivocar y amar a la vez. Eso es lo revolucionario de Jesús: cuando amamos a una persona, la amamos en su todo, y si no, no es amor, es otra cosa. Y cuando alguien nos ama así, completamente nos redime impulsándonos a una vida plena y humana. Nos impulsa a emprender una y otra vez nuestro camino).
Siempre tuve esta intuición: para Jesús era definitiva la presencia del afecto, más incluso que el milagro que pudiera estar preparándose, o mejor dicho, los milagros que él pudiera hacer eran sólo necesarios para poder dar a conocer una forma de amor y amistad completa. Cuando luego de su resurrección se le aparece a Pedro (para salvarse de que lo apresaran a él, Pedro lo había negado tres veces), le pregunta también tres veces: “¿Pedro, me amas?”...¿le estaba reprochando algo pendiente?, o estaba creando las condiciones para que Pedro pudiera sentirse seguro y confiado nuevamente? La pregunta no se respondía con excusas ni argumentos, sólo preguntaba: ¿Pedro, me amas? Pedro, amigo entrañable de Jesús lo había negado y seguramente ahora experimentaba desazón y angustia, pues habían matado a su amigo y no iba a poder disculparse. Cargaría con ese sentimiento para siempre. Pero Jesús se le aparece. Es un milagro. Una rareza excepcional. Pero ¿eso es todo? En las relaciones que Jesús fomentaba, en la forma de vivir que el proponía, ¿ese sería el único propósito? Lo que estaba sucediendo era algo más trascendental incluso que un milagro: nadie puede cambiar, nadie puede emprender el camino de la transformación si no se siente amado. La autoestima necesaria, la seguridad indispensable para dar pasos firmes hacia la transformación personal se basan en las condiciones del amor y la amistad.
En los años que le restaron de vida, Pedro habrá pensando muchas veces en los milagros que vio realizar a su maestro: un par de “resurrecciones”, algunas curaciones, la multiplicación de los panes y los peces...pero me animo a pensar que lo que más lo habrá conmovido fue aquella charla a orillas de mar luego de una noche de pesca. El amigo, el maestro, volvió no para preguntarle porqué lo había traicionado sino para preguntarle si lo amaba. (Nuestro ego no acepta esa realidad de luz y sombra que somos. No se puede uno equivocar y amar a la vez. Eso es lo revolucionario de Jesús: cuando amamos a una persona, la amamos en su todo, y si no, no es amor, es otra cosa. Y cuando alguien nos ama así, completamente nos redime impulsándonos a una vida plena y humana. Nos impulsa a emprender una y otra vez nuestro camino).
Lo que habrá impulsado a Pedro en lo que le restó de vida no fue la vida ascética, ni extrañas pruebas o ejercicios, sino, la experiencia del amor compartido y esa amistad fiel que sin reproches ni cuentas pendientes lo redimió en ese momento puntual del reencuentro y también para siempre.
Y allí, todos somos como Pedro.

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