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Una mente religiosa





Generalmente damos por sentado que todos elegimos la vida, que hay en nosotros una fuerza que pulsa para que cada acto y cada pensamiento esté en dirección a seguir viviendo.

¿Pero es realmente así? ¿Estamos seguros de estar eligiendo la vida? ¿Nuestra forma de vivir, es una respuesta?

Quizá deberíamos preguntarnos si es lo mismo existir que vivir.

La existencia es lo que compartimos con el resto del mundo y de la creación. A la existencia venimos, la vida en cambio requiere de una decisión personal, precisamente de “vivir la existencia”. Por ejemplo, en la tradición budista, se habla de la dimensión histórica y la dimensión última. En la dimensión histórica nacemos, vivimos la existencia creciendo y desarrollándonos y luego morimos. Pero si miramos profundamente esa misma existencia veremos que la vida estaba presente antes y sigue estando después. Es la naturaleza del no-nacer y no-morir. Aquello que dará visibilidad a un ciclo de vida ya estaba presente antes de que una persona “nazca” y luego, cuando esa persona muera, lo que caracterizaba su vida -no su existencia únicamente- sigue presente.

Mirar y ver, comprender lo último tras lo relativo, requiere de una forma de “religiosa” de mirar la vida. Sólo una mente religiosa puede captar la totalidad de la vida pero ¿qué sería una mente religiosa?

Una mente religiosa comprende el tiempo en dos dimensiones. La dimensión del tiempo ordinario y el tiempo “eterno”. En esa dimensión del tiempo ordinario, del tiempo del calendario, nacemos, transcurrimos, crecemos y nos desarrollamos y un día nuestro ciclo de vida llegará a su fin. Ahora, si leemos la vida con una mente religiosa entonces veremos que todo aquello que ocurre en al dimensión relativa o histórica de la vida puede ser comprendido como el llamado que la vida está haciendo a través de todo ello para que nosotros demos la respuesta. Es de nuestra respuesta que depende si solamente existimos o si además estamos viviendo nuestra existencia. El reino vegetal o mineral o los animales que comparten la vida con nosotros hasta donde sabemos no tienen opción de responder más que para desarrollarse instintivamente. Nosotros, los humanos contamos con nuestra consciencia. Podemos elegir cambiar nuestros actos más allá de la protección instintiva a fin de progresar y evolucionar, podemos ver que en el tiempo que transcurre, limitado por las leyes de la existencia, está la posibilidad de comprender el tiempo sagrado del espíritu, esa dimensión por ejemplo, donde el sol que entra por la ventana nos llama y al que podemos responder o no. 

Todo nuestro dolor y sufrimiento, todas nuestras alegrías, todo nuestro caminar trata de cómo interpretamos ese sol que entra por la ventana de casa. Podemos imaginar que solo disfrutamos o que padecemos o que simplemente estamos condicionados por las leyes de la existencia…o podemos también dejarnos interpelar y dejarnos llamar por la creación que nos toca y estaremos eligiendo la vida.

Una vez más es importante decirlo: una mente religiosa no necesariamente refiere a una religión organizada, a un sistema específico de creencias o a una institución. Una mente religiosa es una mente que lee en las circunstancias de la existencia la posibilidad de responder desde el ámbito de la vida que no saca cuentas únicamente de lo que le gusta o no le gusta sino de lo que es bueno o no es bueno para su crecimiento y desarrollo. Si perdemos de vista la dimensión última de la vida y nos atamos a las circunstancias “históricas” llegaremos a creer que todo lo que somos y todo lo que podemos es resolver hábilmente esas circunstancias. Pero la vida es más, nos llama a través de todo eso incluso cuando algunas cosas no se resuelven. Incluso cuando algunas respuestas no llegan.







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