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Entre el miedo y la esperanza



La semana no fue fácil. Frente a nuestro lugar de práctica abrieron un refugio para personas que duermen en la calle. En pocos días una carta que repartieron los inversores que construyen edificios en el barrio se mostraron “preocupados” por la inconveniencia de abrir un refugio sobre la calle constituyente, una zona de nuevos emprendimientos habitacionales y comerciales. No tardaron en aparecer entonces vecinos que también se mostraron “preocupados” por la existencia del refugio en la cuadra y todo lo que eso podría traer en términos de “convivencia”.

Redactaron entonces una carta y se dispusieron a juntar firmas. Y juntaron aparentemente muchas.

Conozco a varios de los que juntaron esas firmas y no son malas personas. No puedo decir qué les pasa para solicitar al ministerio que trasladen el refugio a un lugar “más adecuado”...pero todos sabemos lo que pasa cuando tenemos miedo, cuando nos sentimos inseguros o cuando llegamos a creer que somos lo que tenemos y que el otro, es una amenaza a eso que tanto nos ha costado tener: surgen los instintos, las conductas más primitivas, lo menos racional, lo menos reflexivo y más reactivo...Y cuando las personas se exponen al miedo y al individualismo sin trabajo personal es difícil dar un paso atrás. Más bien se camina hacia la violencia física o discursiva… Esos inversores que pusieron a girar la rueda del reclamo sabían lo que hacían. Sabían que “timbres” tocar y lo hicieron. Tocaron donde vive el miedo, la inseguridad, la ignorancia, el aferramiento...

Con mi esposa tratamos de poner otra mirada, intentamos poner otra voz...pero no parece que hayamos tenido suerte en eso. Quizás algún vecino reflexionó junto a nosotros acerca de que el camino es acercar, integrar, acompañar, dar oportunidades, compartir...para justamente, lograr una convivencia pacífica que deberá basarse en la reflexión y no en la reacción, en la integración y no en la marginación o exclusión. Yo me preguntaba, ¿cuál será una zona “adecuada” para instalar un refugio para personas en situación de calle? ¿Dónde los ubicaría la “razón” de nuestra vida acomodada?

Entre el lunes y el viernes de la semana pasada transitamos las emociones del enojo, de la indignación, de la tristeza, de la impotencia...tuvimos miedo, pero de que se instalara la desesperanza.


Una mañana de esperanza.

Es una señora mayor, pero no anciana. Su cuerpo, su cara, su piel, habla más bien de un deterioro cognitivo sin cuidados. La conozco de vista, de cruzarme con ella en las dos o tres cuadras a la redonda de mi casa desde hace ya muchos años, en el puesto de verduras, en la agencia de pagos, ha de vivir en alguna casa del barrio...y últimamente, en la calle misma. La veo errante, perdida, sucia, revisando basura, murmurando sola. La primera vez que me dí cuenta de su deterioro fue cuando la cajera de la agencia le dijo que ya había cobrado días antes su jubilación. Ella le decía que no, que esa era la fecha y la chica de la caja le explicaba con mucha atención y cuidado que no, que ya la había cobrado. Entonces, se fue del lugar confundida...esa fue la primera vez que noté su deterioro. Luego, a partir de ese día siempre que la veo la reconozco más deteriorada, más empobrecida también materialmente.


El sábado a la mañana fuimos a la feria como casi todos los sábados a la mañana. Cuando regresábamos fuimos testigos de la esperanza. Ella estaba sentada en una silla de plástico abandonada junto a un contenedor de basura, a metros de un edificio de los nuevos que hay en el barrio. Con ella estaba una señora que trabaja de limpiadora en el edificio. Estaba a su lado, quitándose los championes para dárselos. Y ella le decía “pero vas a quedarte sin nada” mientras esta otra señora -la limpiadora del edificio- se volvía en medias hacia su trabajo diciéndole: “no te preocupes, yo acá tengo otros”.

Anónimamente, hizo realidad la máxima expresión de la solidaridad y la compasión: compartir con el que no tiene lo que uno tiene puesto, lo que uno lleva consigo, no lo que le sobra ni lo que ya no usa. Esa mujer, trabajadora de una empresa de servicios tercerizados de limpieza, caminó unos metros descalza hasta su lugar de trabajo a ponerse el calzado que seguramente usa para ir y venir de su casa, seguramente unos que cuida más, que ahora seguramente usará para su trabajo. Esos 10 metros que caminó descalza, fueron los diez metros de la dignidad y la esperanza.

Nosotros mirábamos la escena desde la vereda de enfrente, con el carro lleno de frutas y verduras.










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