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Mostrando entradas de agosto, 2016

¡Entra!

He pensado que la meditación es una gran fiesta a la que se nos invita a entrar y a la que muchas veces nos negamos a hacerlo (No es que sea una idea mía sino que he pensado en ello).  Puede que suene raro: ¿la meditación una fiesta? ¿No es una práctica de silencio y quietud, de introspección o tal vez de profunda reflexión? Caro que sí lo es. Pero es una fiesta en la que si entramos, si nos animamos a recibir tal regalo, entonces nos encontramos con lo mejor de nosotros y lo que es verdaderamente importante para nuestra felicidad, nos encontramos con aquella luz que nos ilumina. En la meditación diaria, comprendemos la verdad que la tradición sostiene desde hace miles de años: es posible iluminarse, vivir a la luz de la conciencia. Puede que estemos buscando la llave de esa luz en nuestras habilidades y destrezas, en las "capacidades" del ego, y entonces nunca entramos a la fiesta que se nos invita porque estamos muy atareados con hacer nuestra propia fiesta...

¿Práctica o teoría?

Esta es una tensión que siempre se nos presenta en el camino de la meditación: ¿cuánta práctica? ¿cuánta teoría? Cuando a finales de 1800 la tradición del yoga y la meditación irrumpió en los ámbitos filosóficos, religiosos y terapéuticos del occidente europeo primero, con la llegada permanente de swamis y renunciantes de diferentes órdenes y sectas de la India, este concepto quedó grabado a fuego: "más vale un poco de práctica que kilos de teoría." En una cultura de filosofía práctica como lo era la cultura espiritual de la India este concepto estaba en su  justa medida, aunque también allá había sido muy seria la tensión ocasionada entre ritulaismo y filosofía, o entre especulación filosófica y practicidad de la filosofía...entonces ahora le tocaba a occidente pensar "¿cuánto de práctica, cuánto de teoría?" Aún hoy esta tensión la tenemos todavía por resolver. Muchas veces leer un libro sobre meditación que nos entusiasma de gran manera, o conocer ...

Confía

Lo más difícil del emprender y mantenerse en el camino de la transformación personal está en la capacidad  o no que tengamos de confiar en esto que estamos emprendiendo. Esta sí quizás sea nuestra parte: confiar. Hace unas semanas atrás practicábamos yoga con un grupo de niños. Uno de ellos venía ya de varias prácticas muy inquieto y esto le estaba sucediendo en casi todas las áreas de trabajo en el día. Por tanto yoga no era la excepción. Luego de varios intentos de mi parte por ayudarlo, incluso de proponerle que podía salir del salón si no era un buen día para él, (a lo que me respondió muy seguro que no), no tuve más opción: "confiá" le dije. Lo mire a los ojos, desde su altura de niño, y le propuse que confiara en lo que iba a proponerle: "nada más sentate, olvidate de mí y de los demás,olvidate de lo que estamos haciendo nosotros y sentate con las piernas cruzadas en tu manta, cerra los ojos y esperá  un ratito, mientras nosotros continuamos"....

La suavidad necesaria para tocar y sentir una pluma

¿Qué oponerle a la hostilidad que nace en nosotros y crece con cada minuto de meditación tantas veces? ¿Cómo lidiar con tanta agitación? ¿Cómo llegar a la compasión y la atención partiendo de la inquietud y los ideales del ego?: pues sembrando y cultivando la suavidad necesaria como para tocar un pluma y sentirla. No tu mano tocando una pluma sino, la pluma misma. La tradición de la meditación nos propone aprender a decir un mantra. A decir un mantra, a recitarlo, a repetirlo, aprender a entrar en el silencio (y muchas veces esperar a que suceda) con una actitud orante. Siéntate, cierra los ojos y comienza a decir tu mantra. Puedes decirlo de forma que alguien a dos metros tuyo la escuche, puedes decirlo de tal forma que sólo la escuche alguien que está a tu lado, o puedes decirla mentalmente y sólo tú lo escucharás. Pero dilo una y otra vez, y al terminar vuelve a empezar. Pídele a tu cuerpo que se deje estar en esa quietud y que en el equilibrio de la palabra repetid...

Echar raíces

Vivir en la superficie no es un problema “moderno”. Parece que ésta es la mayor dificultad que encuentra el ser humano en su condición cuando intenta la felicidad. La felicidad requiere conocerse, saber de uno mismo, estar en contacto con la realidad, pero los seres humanos tendemos a vivir la vida desde la superficie de las cosas y desde la superficie de uno mismo. Quizás no es que se nos escapa la felicidad sino que escapamos de nosotros mismos al aferrarnos a las experiencias (lo que nos gusta y lo que no) y a la vida “prestada” de otros. Para sobrellevar y trascender ésta dificultad la tradición de la meditación nos propone lo mismo desde hace miles de años: sembrar y cultivar el silencio. Cuidar la hondura de nuestra práctica para que la vida “eche raíces”. Y en ese cuidar la hondura, el silencio y la quietud son esenciales y son lo primero y lo de siempre, pues todo conocimiento de uno mismo se sustentará y será posible si somos capaces de permanece...