Cuando conocí el yoga por primera vez, tenia 10, 11 años...hace más de 40 años. Concurría a las clases vespertinas en un club de mi barrio junto a un grupo de señoras. Luego en la adolescencia tomé distancia sin perder la conexión con lo que ya había experimentado y un día retomé el camino como instructor. En marzo de 1999 di mis primeras "clases" y desde entonces no he parado. El yoga ha sido mi trabajo, mi profesión, mi estilo y forma y es el camino que elijo para transitar mi vida.
En estos años 6 lugares diferentes en el radio de unas pocas cuadras nos han servido de espacio físico en el corazón de Montevideo, en el centro de la ciudad, a pocas cuadras de la rambla. Y entre los años 1999 y 2018, tuve la suerte y la bendición de poder trabajar también con niños y adolescentes en el ámbito de la educación y allí conocí profesionales de la salud con quienes he compartido y comparto todavía los beneficios y las bondades del Yoga.
Hoy el mundo ha cambiado a una velocidad de "algoritmo"...y tenemos que aceptarlo. Y no quiero decir "adaptarnos" sino "aceptarlo", pues hay muchas cosas buenas en el mundo de las redes para la difusión y la conexión entre personas, pero también hay mucho obstáculo y espejismo para lo mismo. Las redes pueden ser un espacio donde conectarnos y compartir y pueden también ser el aislamiento, la falsedad y el engaño.
Yo creo que siempre, la última palabra la tenemos los humanos. Somos nosotros los que debemos preguntarnos: ¿qué distancia vamos a poner entre nosotros?, ¿a qué le daremos valor?, ¿todo es relativo, la flexibilidad es infinita, todo puede venderse o "promocionarse"? Somos nosotros, los seres humanos los que estamos llamados a acercar lo que se ha alejado, a unir lo que se ha distanciado y a tratar de reparar aquello que nosotros mismos hemos roto. La vida interior es el camino, un camino donde indefectiblemente, nos vamos a encontrar con los demás.
Martín González Cremonesi
instr de Ananda casa de yoga y meditación.
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