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¡Entra!












He pensado que la meditación es una gran fiesta a la que se nos invita a entrar y a la que muchas veces nos negamos a hacerlo (No es que sea una idea mía sino que he pensado en ello). 
Puede que suene raro: ¿la meditación una fiesta? ¿No es una práctica de silencio y quietud, de introspección o tal vez de profunda reflexión? Caro que sí lo es. Pero es una fiesta en la que si entramos, si nos animamos a recibir tal regalo, entonces nos encontramos con lo mejor de nosotros y lo que es verdaderamente importante para nuestra felicidad, nos encontramos con aquella luz que nos ilumina. En la meditación diaria, comprendemos la verdad que la tradición sostiene desde hace miles de años: es posible iluminarse, vivir a la luz de la conciencia.

Puede que estemos buscando la llave de esa luz en nuestras habilidades y destrezas, en las "capacidades" del ego, y entonces nunca entramos a la fiesta que se nos invita porque estamos muy atareados con hacer nuestra propia fiesta. Y nos quedamos siempre entonces con nuestras oscuridades allí a escondidas, viviendo casi en la irrealidad porque en la oscuridad no se ve, aunque el ego esté vociferando nuestros éxitos y reclamos, terminamos viviendo divididos internamente.

En cambio si nos animamos a entrar a la fiesta de la meditación descubrimos que somos eso: invitados. Que allí en ese tiempo de silencio y quietud, sucede la revelación de que la luz nos encuentra y nos ilumina completamente y que al ser iluminados por la luz de la comprensión ninguna parte de nosotros tiene porqué quedar oculta. Sentados, quietos y en silencio podemos llegar a comprender el sentido último de la existencia. Los antiguos meditadores decían que ese es el sentido de la vida: comprender la unidad del alma individual con el alma suprema, de la mente individual con la mente cósmica, del alma con dios...nos lo hemos nombrado de muchas maneras, tal vez hasta con matices, pero lo esencial es que en esa fiesta de la meditación, la invitación es a comprender que no somos individualmente sino, en unidad. Fuera de esa fiesta no podemos iluminarnos. A solas no podemos porque la luz no es nuestra el el sentido en que el ego la entiende. No puedo crearme a mí mismo como no puedo iluminarme a mi mismo. Es la luz de la conciencia, que nos encuentra, la luz que  nos reúne y nos encuentra y nos ilumina al compartir toda nuestra existencia en el ámbito del Espíritu, el mismo que a la puerta de la gran fiesta de la meditación nos llama diciendo: ¡entra!


Que podamos animarnos a entrar en la fiesta de la espiritualidad. En la gran fiesta del camino espiritual compartido, y que allí dejemos que la luz nos encuentre. Que podamos recibir el enorme y definitivo regalo de la luz iluminando  la totalidad de nuestra vida sin dejar nada fuera, nada a escondidas o a oscuras. Que podamos responder a tal invitación cada día con nuestra práctica.

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