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Echar raíces













Vivir en la superficie no es un problema “moderno”. Parece que ésta es la mayor dificultad que encuentra el ser humano en su condición cuando intenta la felicidad. La felicidad requiere conocerse, saber de uno mismo, estar en contacto con la realidad, pero los seres humanos tendemos a vivir la vida desde la superficie de las cosas y desde la superficie de uno mismo. Quizás no es que se nos escapa la felicidad sino que escapamos de nosotros mismos al aferrarnos a las experiencias (lo que nos gusta y lo que no) y a la vida “prestada” de otros.

Para sobrellevar y trascender ésta dificultad la tradición de la meditación nos propone lo mismo desde hace miles de años: sembrar y cultivar el silencio. Cuidar la hondura de nuestra práctica para que la vida “eche raíces”. Y en ese cuidar la hondura, el silencio y la quietud son esenciales y son lo primero y lo de siempre, pues todo conocimiento de uno mismo se sustentará y será posible si somos capaces de permanecer en silencio y quietos suavemente, sin hostilidades ni rigideces. Tratar con nuestra superficialidad, es tratar con nuestro dolor, con la vida prestada y con las causas acerca de por qué no podemos vivir la vida desde nuestras propias raíces, abandonándonos a nuestra propia esencia, confiando en lo que somos…Por esto la vía de la meditación nos invita al silencio y a la quietud, para que desde nuestra propia hondura podamos tratar con la superficialidad en nosotros y comprenderla como la gran interferencia entre nosotros y nuestra felicidad.

Luego cuando el silencio y la quietud se vuelven estables y hemos podido integrar incluso toda inquietud y agitación, entonces la meditación se vuelve suave, simple, profunda, seria, real. Hemos aprendido a ir hacia nosotros mismos, hacia todo lo que hay en nosotros: superficie y profundidad.

Que podamos echar raíces en una vida fiel a nuestra esencia de bondad y compasión. Que podamos sostenernos y ser también sostenedores de la búsqueda de la realidad y la verdad. Que seamos parte activa, también desde la quietud y desde el silencio, de esa vida plena que el mundo necesita alcanzar.


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