El fin de semana pasado terminó el mundial de fútbol, pero no sus repercusiones. Como nunca, se ha desatado una ola de ataques, discriminaciones, debates, insultos racistas y de todo orden. Lo de unos es europeos contra sudamericanos, lo de otros imperialistas contra colonizados, poderosos contra pobres, los que juegan “limpio” contra los que hacen trampa o están ayudados por los jueces. En la danza de miles de millones de dólares, pero miles de verdad, continuó la guerra en Ucrania, continuaron los ataques Irán -Estados Unidos-Israel...y mientras miles de corazones palpitaban por una jugada de Messi o Mbappe, a pocos kilómetros otros corazones se estrujaban de dolor al sacar de entre escombros a sus familiares tras los terremotos y la inoperancia estatal en Venezuela.
Esa es una cara de nuestra forma de vivir. El mal en el mundo brindará por más mundiales como éste aunque alguna vez digamos que gritar un gol, abrazarse con un amigo frente a una televisión, es a veces, para mucha gente un momento de alegría y “felicidad” que en la vida cotidiana les está casi negado. En algún lugar del mundo, en la sala de un hospital, una persona enferma sonrió con una linda jugada de “su” selección y por un momento olvidó su dolor e incertidumbre. En una oficina, los que se hablaban poco y se llevaban un tanto mal, por un minuto olvidaron sus diferencias y gritaron juntos un gol. Una familia se reunió con la excusa del partido, un padre llevó a su hijo a celebrar con una bandera y compartieron una “complicidad” olvidada…
Se necesita un poco de incredulidad para creer que las camisetas, los himnos, las banderas y las selecciones que “representan a un país entero” es verdadero. Y se vuelve verdadero porque creemos. Para que el mundial de fútbol y su danza de miles de millones de dólares se vuelva “verdadero” en términos de emoción y sentimientos, es necesario que dejemos de creer por un rato en la justicia y la honestidad. Para que una bandera y un himno nos hagan creer que unos tenemos más derecho sobre otros, es necesario dejar de creer por un rato en la universalidad de los recursos, dejar de creer un rato en la solidaridad y la dignidad de la vida como derecho inalienable.
Pero quizás no se trate de no festejar un gol. Quizás no se trate de negarnos esas pequeñas alegrías cotidianas que nos acercan a los demás. Si dejamos de creer en todo lo que creemos ahora pero al mismo tiempo o antes, no descubrimos quién es que somos...¿qué será de nosotros?
Es preciso descubrir quién es que somos, es preciso ser conscientes de la Última Realidad para vivir dignamente en ésta realidad relativa. La felicidad no es salir campeones en el mundial, pero tampoco la felicidad sería que no existiese el fútbol. Todo eso está en el campo de la realidad relativa y cuando la confundimos con la Última Realidad, es que caemos en la trampa de darle a las cosas una realidad que no tienen, la tradición del yoga dice: “confundir lo bueno con lo malo y lo malo con lo bueno” y el budismo habla de “sobredimensionar” las bondades o los defectos. Dice Jesús: “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
Para ello, necesitamos un poco de incredulidad. Y ya conocemos esa habilidad. Ya dejamos de creer -aunque sea por un rato- en los valores que propugnamos para gritar contra otro ser humano sólo porque es de un país distinto al nuestro. Ahora podríamos dejar de creer por un rato en el valor de sentirnos diferentes, de tener la habilidad como un valor y perseguir el éxito como un sentido de vida para poder hacer lugar -aunque sea por un rato- a algunas experiencias de humanidad y ver qué sucede.
Las tradiciones espirituales nos han inculcado que es necesario “renunciar”, “dejarlo todo”, sacrificar algunas áreas de nuestra vida para obtener una plenitud que no conocemos...pero eso nunca ocurre. Nadie abandona todo, nadie deja algo que le es querido si no deja de creer, al menos por un rato, en eso que abandonará. ¿Y cómo dejar de creer en el egoísmo, en la indiferencia, en el exceso de autocuidado, en la vida a medias? De forma muy acertada dice Krishnamurti que la sociedad nos exige vivir en unos valores que luego, nos invita a violar repetidamente tras los paradigmas del éxito, de la profesión, de la movilidad social y tantas otras cosas…
Necesitamos, imperiosamente, descubrir primero quién es que somos. Cuando tocamos nuestra realidad interior, (la Última Realidad ), entonces lo demás revela su verdadero sentido. Ya no se trata de creer o no creer sino de una experiencia única y verdadera. Y no hay nada que abandonar, ni sacrificar, quizás nos liberemos en ese caso de falsas creencias. ¿Se puede abandonar el egoísmo? ¿Se puede dejar de ser violentos? ¿Se puede practicar la humildad? Los místicos que han tocado esa Última Realidad nos dicen que todo se ordena en su justa medida, la energía de la atención y del autoconocimiento establece un orden natural. Esto que llamamos “orden” hoy no es más que la expresión de la falta de consciencia acerca de quién es que somos.

Comentarios
Publicar un comentario