Creo en Dios. Y además de tener fe en ello, he tenido también experiencias que afirman esa fe y están en la base del sentido de la vida para mí. Pero también es cierto que ante ciertas situaciones de vida, muchas veces me hago la pregunta del título: ¿quién está ausente? ¿Dios o el ser humano?
Dos o tres mil años atrás estaba bien que el ser humano confiara en un Dios que lo libraría de una enfermedad, de una inundación, de que otro pueblo lo conquistara...era lógico que le atribuyéramos a Dios el rayo que caía del cielo e incendiaba la pradera o la sequía que traería hambre...Dios era no sólo lo que daba sentido a la vida sino que era la vida misma. Luego la humanidad evolucionó en materia de conocimiento y el concepto de Dios y la experiencia de Dios también fue evolucionando.
¿Quién puede creer que hay un ser que envía enfermedades y pestes a los enemigos de un pueblo contra otro o quién puede afirmar que hay en algún lugar de universo una persona que decide quien es feliz y quien no lo será? Pero como el ser humano necesita buscar y mirar más allá de su cotidianidad, como vive en nosotros la necesidad y el pulso de trascender, muchas veces elegimos creer esas cosas “increíbles”. De lo contrario no creemos en nada, porque también hay quien mira el mundo en el que vivimos, con tanta injusticia, violencia y desprecio por la vida que decimos, si hay Dios, ¿dónde está?
Pero esas dos opciones no son las únicas. Volvamos al título de esta reflexión: “Dios o el ser humano, ¿quién está ausente?”
En la vida se nos presentan situaciones muy dolorosas, por ejemplo las enfermedades que no se pueden curar. Es muy doloroso, pero ¿qué hace que eso se convierta en sufrimiento? Si quien sufre la enfermedad no tiene quien la escuche, con quien compartir su angustia, si esa persona además padece injusticia económica o social...seguramente su dolor sea un sufrimiento descarnado y sólo se alivie cuando otro ser humano con la capacidad de contención y de ofrecer alivio se acerque. Hay medicamentos, tecnología, avances científicos pero eso a veces tiene un límite y el dolor sigue allí. ¿Qué trae alivio? Otro ser humano que escuche, comprenda, acompañe...
Hay situaciones de injusticia social, económica o política en todas partes del mundo. Un niño queda huérfano por un bombardeo en su barrio, una madre pierde a su hijo en una balacera entre bandas de delincuentes, en una familia faltan integrantes desparecidos tras la violencia de un régimen dictatorial...todas situaciones que objetivamente ocurren en el mundo en el que vivimos. ¿Y qué hay detrás de esas situaciones? La ausencia de lo mejor del ser humano, o dicho de otra forma: hay seres humanos desconectados de la vida y de su propia naturaleza.
El problema no es si Dios envía enfermedades o catástrofes naturales como creían las personas en la antigüedad, el problema es si nosotros estamos disponibles para esa situaciones que se presentan en la vida. ¿Asistimos al dolor y al que sufre? ¿Estamos dispuestos a hacer algo para aliviar ese sufrimiento?
Estas preguntas nos llevan a mirar y preguntarnos qué hacemos con nuestra vida interior, con nuestros anhelos, con nuestro tiempo y nuestra energía. Estas preguntas interpelan qué hacemos con la práctica misma, es decir ¿para qué practicamos? ¿En qué quisiéramos convertirnos? ¿Cuál es el objetivo de nuestra vida? ¿Qué le da sentido?

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