Vivir cuesta. La vida deja en nosotros heridas, lastimaduras de todo tipo. Algunas físicas, otras sicológicas y otras que pertenecen a ambas “dimensiones” de nuestra existencia. Ahora, que la vida produce esas heridas en nosotros ya no tiene discusión. Las personas vivimos en constante adaptación al medio y sus requerimientos y eso produce dolor. Las relaciones interpersonales duelen, con toda su carga de presión, exigencias o ignorancia, la vida social duele con sus presiones económicas o políticas y deja sus heridas. Entonces la práctica de yoga y meditación se presenta como una alternativa…¿pero lo es verdaderamente? La práctica, ¿de qué nos salva?
Si esas heridas han alterado tu sueño, puede que aprendiendo a relajarte y regulando tu sistema nervioso con las asanas y los ejercicios de respiración el sueño mejore. Si te duele la espalda puede que mejorando tu consciencia corporal eso mejore. Si estás triste, si estás irritable, si la ansiedad te domina, puede que aprendiendo a meditar y cultivando una mirada que mire y vea más allá esos síntomas mejoren.
Pero de mejorar o aliviar a “salvarte” o “curarte” hay una enorme diferencia. Con el tiempo, más tarde o más temprano aparecen otras heridas. Porque si estamos vivos, estamos adaptándonos y eso produce estrés.
Entonces ¿la práctica no sirve? ¿Acaso la práctica no es real?
Treinta años compartiendo el yoga y la meditación me confirman que la práctica es real, pero también me confirman que es necesario hacerse esas preguntas. Porque compartimos una tradición que lleva más de 3 mil años sobre la tierra y muchos de sus conceptos por lo menos pertenecen al inicio de nuestra era y provienen de una región del mundo donde la vida fue y continúa siendo muy diferente a la nuestra. Pretender que las preguntas antiguas son reales sólo porque son antiguas sería un error. Es necesario preguntarnos, qué sostiene a la práctica hoy, que la convierte en una posibilidad y qué porción del dolor que padecemos hoy, en nuestro tiempo y lugar, se resuelve con la práctica.
Mirar de dónde viene
En los yoga sutras, Patanjali dice al menos hace 2 mil años, que “los pensamientos malsanos se conocen viendo de dónde vienen”.* Establece allí que las emociones perturbadoras, que él llama “pensamientos malsanos”, se conocen viendo de dónde vienen, aplicando una tipo de atención que él llama “atención pura”. El camino de aliviar y erradicar las causas del sufrimiento, en la tradición del yoga al menos, comienza -y se sostiene- desplegando una manera de mirar con atención el recorrido de lo que nos “perturba”: tratar con el dolor, asistir a nuestras dificultades… Pero mirar es un camino, no una técnica ni un ejercicio. Mirar el dolor requiere de una decisión y luego de una puesta en práctica de esa decisión. Por eso quizás Patanjali habla de “atención”. En ese recorrido, en ese esfuerzo deliberado por mantener la atención, aprendemos acerca de la relación del apego, la aversión, el aferramiento, el miedo y la ignorancia con la cuota de sufrimiento que cargamos en nuestra vida. Y ese es el sentido de la práctica.
Lo que nos salva
La práctica efectivamente nos salva, es algo que he confirmado en mis años de practicar y compartir la práctica, pero ¿de qué nos salva? De las heridas que la vida va a causarnos no. Pero no porque haya un dios en algún lugar que elige lastimarnos, sino porque crecer, adaptarse y relacionarse duele, de esas heridas no nos salva, pues si estamos vivos permanecerán: Buda dijo “la vida es sufrimiento”. La práctica no tiene el poder de crear una burbuja donde el dolor no te alcance. Esa es una quimera que la propaganda ha difundido: “yoga para ser siempre joven” como paradigma de que puede haber una vida donde nada duela. ¿Qué práctica sería esa que te separa de tal manera del sufrimiento de la humanidad que ya nada te duele? Y somos los instructores los que a veces difundimos este mensaje porque mal encaminados creemos que podemos vivir una vida espiritual y no sentir dolor alguno.
La práctica nos fortalece enseñándonos a mirar de dónde proviene el sufrimiento y cómo no transformar el dolor en sufrimiento, pero esto requiere de un compromiso, el compromiso de mirar con una calidad de atención que trasciende la vanidad y el miedo. Una forma de mirar que no ansía, que no busca resultados, simplemente una atención que se basa en enseñarnos que la felicidad como meta no existe. La felicidad es la posibilidad de practicar, de descubrir y de conocerse uno mismo para descubrir entonces, qué de nosotros está herido y qué no.
En formas más simples: la práctica de yoga puede aliviar tu dolor de espalda. Pero si no lo alivia, ¿qué harás con eso? La práctica es la pregunta y es la energía con la que nos disponemos a no transformar el dolor en sufrimiento y a descubrir que hay otras partes de nuestro cuerpo que no duelen.
*Yoga sutras de Patanjali 1.1-3, 2.3, 2.34

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