Quiero invitarte a una tarde de meditación, de reflexión juntos y compartir acerca de la fuerza última que puede nutrir y sostener, curar y acompañar y por sobre todo, esa fuerza que puede inspirarnos a vivir con plenitud y libertad.
En la tradición espiritual de la India, el hinduísmo, el yoga, algunas ramas del budismo y otras corrientes espirituales nacidas en esa cuna, en la luna llena de julio se celebra al Gurú. No al maestro o la maestra espiritual en el sentido más básico de la palabra, se celebra pues a la manifestación del Espíritu interviniendo en nuestra realidad, la emanación de un rayo de luz que nacido de la indiferenciación, de la unidad, se diferencia y “encarna”, vive la vida humana para iluminar nuestras oscuridades y nos enseña, nos comparte la esencia de todas las cosas, nos invita a regresar de vuelta a nuestro verdadero hogar. De ahí que a veces lo presentamos como una “maestro o maestra” como nosotros, que lo es, pero al mismo tiempo no lo es. Por eso es el gurú. Un ser que está lleno de Espíritu y comparte a la vez nuestra humanidad. De ahí nuestra dificultad para comprenderlo. Es como querer poner en una botella toda el agua del mundo. Pero ocurre. Así es. Tal vez, los místicos de la antigüedad comprendieron que para comprender la naturaleza de la vida, para alcanzar una comprensión de la vida y de nosotros mismos debíamos vivir la experiencia de la inspiración, de dejarnos alcanzar en nuestra loca carrera por conquistar quién sabe qué cosas y dejándonos alcanzar sentarnos y escuchar nuestro nombre pronunciado desde el fondo mismo de la existencia. Un llamado personal. Una relación personal.
En la tradición hebrea hay una metáfora muy bella en el libro del Génesis que dice que “el día en que hizo Yavé Dios el cielo y la tierra, no había aún en la tierra arbusto alguno del campo y ninguna hierba del campo había germinado todavía…pero un manantial brotó de la tierra y regaba toda la superficie del suelo” (génesis 2, 4-6) … quizás ese mismo arbusto (metafóricamente hablando) fue el que ardió en el desierto y le dijo a Moisés “yo soy, el que soy…quítate las sandalias porque estás en tierra santa”. Y en el Bhagavad Gita, Krishna dice a Arjuna que cada vez que la virtud disminuye y el vicio impera, él se encarna…
De las profundidades del suelo brota el manantial que regará la tierra. La zarza ardiendo se comunica con Moisés. Krishna le dice a Arjuna que interviene para restablecer y guiar y que esa “misión se repite en el tiempo”... Los practicantes, los buscadores, los que nos esforzamos por comprender, podemos escuchar de forma personal esas palabras e inspirarnos para mirar más a lo profundo. De eso se trata Gurú Purnima, una invitación del calendario, un momento para detenernos una vez, una noche en el año y ponernos en esa sintonía. Sentarnos a meditar en la luna llena de julio puede ser, sentarnos a escuchar, sentarnos a restablecer la relación, dejarnos inspirar y saber que nuestra tierra, el lugar donde se desarrolla nuestra vida, es regada por un manantial que mana. En nuestro desierto personal hay una zarza que arde y nos llama por nuestro nombre y Dios es un amigo que vuelve cada vez que nuestro tiempo lo reclama.
En la tradición espiritual de la India, el hinduísmo, el yoga, algunas ramas del budismo y otras corrientes espirituales nacidas en esa cuna, en la luna llena de julio se celebra al Gurú. No al maestro o la maestra espiritual en el sentido más básico de la palabra, se celebra pues a la manifestación del Espíritu interviniendo en nuestra realidad, la emanación de un rayo de luz que nacido de la indiferenciación, de la unidad, se diferencia y “encarna”, vive la vida humana para iluminar nuestras oscuridades y nos enseña, nos comparte la esencia de todas las cosas, nos invita a regresar de vuelta a nuestro verdadero hogar. De ahí que a veces lo presentamos como una “maestro o maestra” como nosotros, que lo es, pero al mismo tiempo no lo es. Por eso es el gurú. Un ser que está lleno de Espíritu y comparte a la vez nuestra humanidad. De ahí nuestra dificultad para comprenderlo. Es como querer poner en una botella toda el agua del mundo. Pero ocurre. Así es. Tal vez, los místicos de la antigüedad comprendieron que para comprender la naturaleza de la vida, para alcanzar una comprensión de la vida y de nosotros mismos debíamos vivir la experiencia de la inspiración, de dejarnos alcanzar en nuestra loca carrera por conquistar quién sabe qué cosas y dejándonos alcanzar sentarnos y escuchar nuestro nombre pronunciado desde el fondo mismo de la existencia. Un llamado personal. Una relación personal.
En la tradición hebrea hay una metáfora muy bella en el libro del Génesis que dice que “el día en que hizo Yavé Dios el cielo y la tierra, no había aún en la tierra arbusto alguno del campo y ninguna hierba del campo había germinado todavía…pero un manantial brotó de la tierra y regaba toda la superficie del suelo” (génesis 2, 4-6) … quizás ese mismo arbusto (metafóricamente hablando) fue el que ardió en el desierto y le dijo a Moisés “yo soy, el que soy…quítate las sandalias porque estás en tierra santa”. Y en el Bhagavad Gita, Krishna dice a Arjuna que cada vez que la virtud disminuye y el vicio impera, él se encarna…
De las profundidades del suelo brota el manantial que regará la tierra. La zarza ardiendo se comunica con Moisés. Krishna le dice a Arjuna que interviene para restablecer y guiar y que esa “misión se repite en el tiempo”... Los practicantes, los buscadores, los que nos esforzamos por comprender, podemos escuchar de forma personal esas palabras e inspirarnos para mirar más a lo profundo. De eso se trata Gurú Purnima, una invitación del calendario, un momento para detenernos una vez, una noche en el año y ponernos en esa sintonía. Sentarnos a meditar en la luna llena de julio puede ser, sentarnos a escuchar, sentarnos a restablecer la relación, dejarnos inspirar y saber que nuestra tierra, el lugar donde se desarrolla nuestra vida, es regada por un manantial que mana. En nuestro desierto personal hay una zarza que arde y nos llama por nuestro nombre y Dios es un amigo que vuelve cada vez que nuestro tiempo lo reclama.

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