Existen
muchos motivos por los cuales iniciarnos en la meditación. Comenzar este
camino, integrándolo a nuestros quehaceres cotidianos es motivado por diversas
situaciones. A veces coyunturales, otras más “crónicas”, y otras veces ni
siquiera sabemos bien porqué. Pero lo cierto es que la mayoría de nosotros pasa
un buen tiempo, cuando no años, intentando racionalizar ese “por qué” e
intentando también asir determinados resultados y objetivos. Y no es deshonesto
hacerlo así. Pero para que la practica no se estanque o se extinga, para que
sea firme lo suficiente como para sobreponerse a las dificultades diarias, es
necesario que comprendamos que nos estamos iniciando en la lógica del Espíritu
y que más tarde o más temprano la meditación va a proponernos que desarrollemos
una forma de conocimiento que no es racional.
Recuerdo
que cuando comencé a reunir la práctica meditativa con la tradición cristiana y
especialmente con las enseñanzas de Jesús, una de las cosas que más me
inquietaban (o inquietaban a mi “razón”) era la de la resurrección. Pase
algunos años cada semana santa intentando descifrar qué había ocurrido en
verdad con Jesús. Leí cuanto pude acerca del tema, reflexioné cuanto pude, pero
nada colmó mi curiosidad espiritual. Comencé a comprender cuando me di cuenta
que no debía “entender” sino justamente “comprender”: lo que se escribió acerca
de Jesús y de su resurrección pertenece al mundo de lo inexplicable. Forma
parte del mundo de la transformación. Es ese campo que llamamos fe y por medio
del cual también llegamos a conocer y fundamentalmente a conocer las cosas del
Espíritu que son inexplicables.
Dicen poco
los textos de los evangelistas acerca de la resurrección de su maestro. Es
decir, dan pocos detalles pero enmarcan este acontecimiento de tal importancia
al punto que es lo que da significado a toda su vida y su enseñanza. Parece un desatino
que justo, el acontecimiento más relevante no tenga muchos detalles “probatorios”…
sí nos dicen que María Magdalena cuando lo vio aquel domingo no lo reconoció. Tampoco
lo reconocieron sus discípulos las veces que El se les presentó. Y dice el
Padre Lawrence en su libro Jesús, el maestro interior: “El no reconocimiento, no obstante, valida la experiencia. Es un
elemento presente en todas las ocasiones que los discípulos lo vieran por
primera vez. Si la resurrección significara solamente la resucitación de un cadáver
o si no fuera más que un hecho “psicológico” subjetivo, aquellos a los que se
les “apareció” en aquellos días de Pascua no habrían tenido ninguna dificultad
en reconocerlo. Hubieran visto lo que querían ver y no se habrían
sorprendido-de la forma en que la realidad siempre nos sorprende-.
En esta
semana en que seguramente oirás hablar de la resurrección varias veces, creo
que viene a bien traer este tema para comprender mejor qué nos sucederá durante
la transformación que nos ocurre al meditar: alcanzamos una nueva dimensión de
la lógica y de la razón. Una forma de conocer y de conocernos tan impactante
que se parece a la resurrección porque nos comunica y al mismo tiempo también
somos comunicadores de la realidad del Espíritu. Quizás te suene muy místico
comparado con tus motivaciones primarias al acercarte a meditar. Podrás pensar:
¡pero si yo solo quería desestresarme!...pero también para que esto ocurra, para
que puedas afrontar las dificultades diarias de la vida, es necesario que le hagas
un lugar al poder de transformación que ya vive en ti. Es necesario que tus
actos más cotidianos también tengan la impronta de esa posibilidad de ver lo
invisible. En algún momento tendremos que preguntarnos también nosotros, en
nuestra vida común y corriente, hasta dónde estamos dispuestos a ser
transformados y visitados por la realidad, aunque nos sorprenda como a los
amigos de Jesús. Y quizás sea una lección a aprender porque al aceptar este don
de ser transformados y de colaborar en la transformación de quienes comparten
la vida con nosotros, tendremos que aprender una forma nueva de conocimiento,
una visión que como dice la tradición yoga es una fe racional, una fe dinámica.
La fe no
explica con argumentos sino que da a
conocer a través de las obras y de los frutos de nuestro diario vivir. Hoy
te invito a compartir entonces en tu meditación ese don del Espíritu por medio
del cual, vemos lo invisible y creemos en lo increíble y del cual, nuestros
actos humanos son testimonio.
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