Martín González Cremonesi
Reflexión y meditación
Imagina esta escena: un grupo
de hombres junto a su maestro hace dos mil años en un país de oriente. Imagina
la relación que tendrían entre ellos, el tipo de vínculo, de formalidad y de
intimidad, de respeto y confianza en tiempos en los que El Maestro era padre y
madre, amigo y protector de sus “discípulos”.
Imagina también que ese
Maestro está comunicándoles a sus discípulos queridos que a razón de lo que ha
venido diciendo y haciendo, los poderosos de turno vendrán a apresarlo para
castigarlo. El Maestro les comunica que lejos de recibir honores, recibirá un
trato reservado para los peores delincuentes de su época, y si pensamos que esa
era la época de la ocupación romana en Jerusalén…ese castigo era una larga
tortura y luego una muerte dolorosa. Pero tan doloroso como el apremio físico
era el apremio moral, pues los condenados por el poder eran vilipendiados públicamente,
eran mostrados como perdedores y derrotados y eran usados como “escarmiento”
para que nadie más se atreviera a tentar contra el poder.
Esa es la escena en la que
Jesús está despidiéndose de sus discípulos, rato antes de que vengan por el.
Imagínate a los discípulos,
entre el miedo y la ansiedad, pretendiendo huir para salvar su vida y al mismo
tiempo queriendo quedarse para proteger y acompañar a su Maestro y a la vez, poder escuchar sus últimas palabras y
recomendaciones. Recuerda que en aquella época y cultura el maestro tenía una
total ascendencia sobre sus discípulos. Entonces ellos estaban allí con poco
tiempo, con mucha ansiedad, con mucho temor y peligro de muerte, atentos a lo
que su Maestro estaba diciéndoles.
Toda esa conversación de
aquella noche en que apresaron a Jesús, es guardada y meditada por la tradición
cristiana como uno de los pasajes más importantes en la vida de Jesús. Incluso
fuera de las fronteras del cristianismo, muchas voces hinduistas por ejemplo, reconocen
este pasaje que revive Juan como una enseñanza pura de pura no dualidad, la
esencia del pensamiento hindú acerca del no dualismo y la identidad del alma
humana con Dios trascendente e inmanente en la creación.
Los discípulos “apuran” a Jesús
acerca de qué enseñanzas dejará, de qué deben hacer a partir de estar solos sin
su compañía. Ellos, imagina que en una mezcla de pena y ansiedad, de gran temor
por lo que va a suceder y con una gran dificultad de comprensión de aquello que
Jesús ahora les decía, seguramente lo presionaron para que simplificara y
redujera sus palabras a lo que ellos podían comprender. Hijos de la ley Judía, sucesores
de Moisés, ellos seguramente querían y necesitaban escuchar un mandamiento. Nada
más humano que preguntarse, en esos momentos cruciales “¿y ahora qué debemos
hacer?”.
Entonces Jesús les dice y
sintetiza en estas palabras toda su enseñanza y experiencia: “Si obedecen mis
mandamientos permanecerán en mi amor…ustedes son mis amigos si hacen lo que yo
les mando”… seguro que está haciéndote ruido esto de “son mis amigos, si hacen
lo que yo les mando”. Una vez a mi hijo este pasaje no le gustó y tuvimos que
releerlo y repensarlo. El me dijo ¿cómo es que somos amigos de Jesús solo si
hacemos lo que el nos manda? Y es obvio que en nuestra cultura esto suena más
que como amistad como una especie de chantaje. Pero en primer lugar deberíamos
detenernos para despojar a la letra del texto, de lo que no es esencial en la
enseñanza. De todo lo que Jesús les había enseñado, de todo lo que habían
aprendido viviendo con él, había que sintetizar en pocas palabras algo que
fuera esencial para sus discípulos. Algo que si ellos mantenían vivo, algo que
si ellos continuaban practicando, los mantendría unidos a él en una relación de
amistad espiritual. Jesús les dice que hay algo que ellos pueden hacer, que si
lo mantienen va más allá del tiempo y del espacio. Algo que les permitirá
seguir estando unidos a pesar de que él, dejara de estar disponible como ser
humano. Entonces, quizás para que reconozcan la importancia de lo que les va a
decir les dice que es “un mandamiento”: algo que él les “manda” hacer. Esto es cultural, como cuando nosotros para
explicarnos y hacernos entender, usamos palabras, términos e imágenes que son
propios de nuestra cultura y que dicen más que lo que la palabra en sí misma
dice. Cuando el Maestro dice “si hacen lo que yo les mando”, les esta
anunciando: esto que les voy a decir es lo más importante para mí, de todo lo
que pueden hacer, esto es lo que yo les mando.
Pero inmediatamente, luego de
apelar a la tradición para poder ser entendido, Jesús propone su revolución e
introduce en su cultura su huella: “Mi
mandamiento es este: Que se amen los unos a los otros como yo los he amado a
ustedes. El amor más grande que uno puede
tener es dar la vida por sus amigos.”
La síntesis de la enseñanza de
Jesús gira en torno a este pasaje que la vuelve una enseñanza universal: Jesús
es modelo, como gurú, en el clásico modelo de gurú oriental, pero es un modelo
que existe en aquellos que elijen seguir su enseñanza y vivirla como si se
tratara de cumplir una orden o mandato.
¿Y cuál es ese mandato? Amar
como él amo. Entonces el modelo no es posible encontrarlo fuera de
nuestra vida, lejos de
nosotros sino en nosotros mismos porque se trata del amor.
Si al leer este pasaje de la
vida de Jesús, en sus últimas horas uno mira su vida y su enseñanza bajo esta
mirada (…El amor más grande que uno puede tener es dar la vida por sus amigos…)
podemos ver que las enseñanzas de este maestro, las situaciones vividas, sus
palabras, sus discusiones, sus relaciones humanas establecidas a lo largo de
esos pocos años de enseñanza, son todas formas de ese amar completamente.
Hoy quisiera invitarte a reflexionar
y meditar en silencio acerca de todas las formas de amor y de amar que hacen de
tu experiencia del amor, el amor más
grande. Pero no “grande” en términos utilitarios, no grande en cantidad,
sino grande en profundidad. Como el océano que es grande (y ciertamente lo es
también en cantidad de agua), pero que nos
conecta con una inmensidad que va mucho más allá de la cantidad para revelarnos
la profundidad, la presencia…la identidad. El amor a uno mismo, el respeto a
nuestra sensibilidad, el amor a nuestros derechos y a la vida que nos honra, el
amor a los que comparten la vida con nosotros y que caminan este largo caminar
a veces siendo guiados y a veces guiándonos, el amor al corazón de este camino
emprendido por entendernos, por saber quién es que somos y hacia dónde vamos. Ese amor hace grande nuestra experiencia de
vida y a la vez, se vuelve el amor más grande cuando es experimentado en la
relación de amistad espiritual. Por eso es revolucionario, porque es un amor
que no pertenece a la lógica del ego, no es del mundo sino del Espíritu. Es un
amor que incluye las distancias, los silencios, las diferencias, es un amor que
guía y comparte. Que acompaña en la pasión del sufrimiento y en la alegría de
la celebración. Un amor que nos dice que dejemos de protegernos pero que nos cuidemos.
Es un amor que es flexible y desprejuiciado pero que tiene juicios sobre las
cosas del mundo que nos alejan de la esencia de la vida. Es un amor, que
proviniendo del mismo Espíritu incluye todo lo que somos y nos contempla en ese
día a día en el que vamos reconstruyendo nuestra memoria acerca de quién es que somos y hacia dónde es que vamos. Parece un amor autocentrado…pero no lo
es, no puede serlo, no tiene la posibilidad de ser autocentrado porque es amor,
y el amor nos empuja más allá de nuestra pequeña individualidad para hacernos
vivir en la inmensidad del espíritu.
Es por eso que puede
sintetizar toda una enseñanza espiritual: porque es el amor más grande que
podemos tener.
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