Meditación y reflexión
Martín González Cremonesi
Estábamos
en una práctica de yoga con niños hoy a la mañana. Realizaban un juego de
concentración y visualización en el que el grupo se divide en parejas que se
sientan uno delante del otro. El que está detrás apoyará suavemente sus manos
en los hombros del que está adelante y ambos cerrarán los ojos. Luego de unas pocas respiraciones profundas,
el que está adelante piensa en un color y en cosas que tengan ese color
elegido. El que está detrás con sus ojos cerrados, atento o atenta a la quietud
y a las manos sobre los hombros de quien está adelante, intentará “adivinar”
ese color no sin antes recordar que se trata más de “recibir” y de escuchar en
el silencio que de adivinar. Luego de unos minutos pregunto primero a quien está
detrás: ¿qué color te pareció? Y luego de escuchar el color pregunto a quien
está delante: ¿en qué color pensabas?, así a cada pareja, que luego intercambiará
el lugar (adelante para atrás) e intercambiarán entre parejas.
Treinta
minutos dura el ejercicio, alternando a todos con todos en un clima de silencio
y curiosidad.
Mientras lees estas líneas seguramente te preguntarás ¿y, adivinan el color? Muchas veces si, no al principio sino luego de pasados unos diez minutos se dan lo que llamamos “aciertos”, pero eso no es lo más relevante. Lo más relevante es que los niños, teniendo la posibilidad de mentir, pues ¿quien sabe en qué color están pensando?, nunca mienten. Siempre dicen el color que les pareció y el que estaban pensando y hay un alto porcentaje de no “aciertos”.
Mientras lees estas líneas seguramente te preguntarás ¿y, adivinan el color? Muchas veces si, no al principio sino luego de pasados unos diez minutos se dan lo que llamamos “aciertos”, pero eso no es lo más relevante. Lo más relevante es que los niños, teniendo la posibilidad de mentir, pues ¿quien sabe en qué color están pensando?, nunca mienten. Siempre dicen el color que les pareció y el que estaban pensando y hay un alto porcentaje de no “aciertos”.
Más allá de
“acertar”, lo interesante es conectarse con el silencio y la autobservación. Pensar
cosas que tienen el color elegido implica un nivel de abstracción y de atención,
de concentración y sostenimiento de la concentración. Es una práctica de la
concentración unidireccional pero en un clima de curiosidad y juego. Y lo mejor el intercambio de roles: ahora pienso, ahora "adivino"…
Hoy realizábamos este ejercicio en un grupo de cinco años, cuando una niña, Catalina,
que estaba “pensando un color”, abrió
sus ojos suavemente, sin esfuerzo y sin prisa, me busco girando la cabeza y mirándome
con una sonrisa me dijo: “¡tengo un hambre!”…
Así es el autoconocimiento. Parar, silenciarse, observar la mente y el estado
de la mente y saber qué nos está pasando. Otra hubiera sido la experiencia si
yo esperara que Catalina me devolviera una verdad revelada, una epifanía…pero acaso
ese ¡tengo un hambre! ¿No lo es? ¿No es autoconocimiento?
Son los
ojos de nosotros los adultos los que tienen que aprender a dejarse conducir por
esa mirada sencilla e inocente. Así como Catalina abrió sus ojos, así como el
gesto en la cara era el de haber encontrado algo en sí misma dibujado en una
sonrisa, así como me lo comunicó, con gracia y suavidad, así es la mirada
luminosa. Así es la mirada que ve y no solo mira. En ese momento vi el Reino de
Dios y me sentí practicando con un grupo de niños en la tierra pura del Buda,
llevado hasta allí de la mano de estos niños y su inocencia.
Ellos me
invitaron hoy y yo te invito a ti a que mires y veas. A que en tu práctica
estos días te dejes conducir por sus miradas suaves y frescas. Miremos hacia
adentro a lo que hay en nosotros y miremos hacia fuera, hacia lo que es. Y dejémonos
sorprender por las cosas sencillas y reales del mundo.
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