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El esfuerzo sin esfuerzo



Reflexión y meditación
Martín González Cremonesi

"Cuando des limosna, 
que no sepa tu mano izquierda
lo que hace tu derecha"
(Mt 6.3)


Hablábamos con una amiga luego la meditación. Temprano a la mañana, aún con poca luz solar, incluso con algo de sueño, habíamos estado sentados a la luz de un par de velas frente al altar durante un buen rato. En silencio, sin más ayudas para meditar que nuestra atención puesta en hacerlo. Luego, siempre tenemos unos minutos para reflexionar y compartir lo que nos parece, incluso a veces nada hablado, apenas unos mates mientras van llegando algunos amigos y amigas para la práctica de yoga. Hoy la conversación rondó varios aspectos de un mismo tema: la “conciencia” acerca de nosotros mismos, lo que sabemos de nosotros mismos y cómo esto nos condiciona para seguir descubriendo nuestro verdadero valor, yo digo el don que Dios nos ha dado. Ella me dijo: “a veces puedo ver que yo misma soy el verdadero obstáculo para ser feliz…yo misma soy el verdadero obstáculo para saber quién soy y cuánto soy”…quizás no lo dijo con esas mismas palabras pero ese fue el espíritu de su compartir: en qué medida es que somos el obstáculo a nosotros mismos, a la felicidad que buscamos, en qué medida uno mismo es la dificultad.

Parece lógico preguntárselo y hasta parece muy virtuoso pensar que uno mismo es su propia dificultad. Pero ocurre que no es más que la misma lógica del ego que lleva a otras personas a creer que son el motor, el hacedor de todo lo bueno que les pasa.  Ya sea creernos el obstáculo o el hacedor, ambas impresiones son dos caras de la misma moneda. La lógica del ego nos induce a pensar que somos todo aquello que hemos cultivado y sostenido justamente “a fuerza de esfuerzo”, de manera artificial como las flores de plástico que vistas de lejos parecen tan bellas pero que si nos detenemos a verlas, carecen de lo esencial: la belleza natural de las flores que son sin esfuerzo por ser. Que no luchan por tener otro color del que tienen ni otro tamaño del que logran naturalmente.

¿Somos nosotros hacedores y creadores de los dones del espíritu con que podemos alumbrar y alimentar la vida? ¿Somos nosotros el obstáculo a la expresión de esos dones? Ni una cosa ni la otra, pues todo es en relación a la gracia del espíritu que vive en nosotros. Ese que a lo largo de la vida permanece con nosotros más allá de los cambios y las transformaciones. Esa conciencia de que somos más allá de cómo somos. Llegar a pensar que somos hacedores u obstáculo es la expresión de que somos independientemente de todo y de que podremos cambiarnos sin tener en cuenta la gracia, a partir únicamente del esfuerzo. Y eso es lo que quiere nuestro ego: que seamos esforzados para seguir siendo hostiles. Que seamos esforzados para que nos apeguemos al más mínimo cambio en nuestro comportamiento y no nos animemos a ver más allá, a ver si realmente nos hemos cambiado en algo. Al ego poco le importa si creemos que si nos hemos cambiado o si no…lo que el quiere es que creamos que podemos prescindir de la gracia pues cuando permanecemos aislados “independientes” de toda gracia permanecemos separados de la creación, en competencia con lo demás y los demás. Entonces la infelicidad no llega porque estemos condenados o porque no seamos merecedores de la felicidad, sino porque esa lógica alimenta y da vida  a la ilusión de separación, y nos marchita como una flor arrancada de la planta que queda muy linda en el florero pero que más tarde o más temprano morirá porque ha sido arrancada de su estado de unidad al que pertenecía junto al tallo, las hojas, las raíces de la planta y la tierra del jardín.

Hay un poder que reside en comprendernos parte de la naturaleza de las cosas, parte de la realidad. Hay un poder que reside en dejarnos partir cada tanto, de hecho la meditación es básicamente eso, soltarnos, dejarnos partir, ir más allá de las creencias y las nociones que podamos tener acerca de nosotros mismos y por las cuales podemos llegar a creernos hacedores u obstáculos de la realidad del Espíritu: el poder de la santidad. Cuando elegimos vivir la vida sin egoísmo no solo estamos decidiendo compartir los bienes materiales y ayudarnos unos a otros sino que fundamentalmente estamos eligiendo no vernos como hacedores de la realidad sino como “parte de”. Cuando elegimos vivir sin apego no sólo estamos eligiendo vivir en libertad sino fundamentalmente estamos eligiendo no centrarnos en nosotros mismos, para poder abandonar la noción de esfuerzo, hostilidad y arrogancia. Entonces lo que nos ocurra no será un “logro”, ni un “proyecto consumado” sino el poder de la santidad que proviene del espíritu, esa realidad que somos desde siempre y que tanto nos cuesta aceptar.

Ese poder de santidad nos transforma verdaderamente. Revela la santidad en cada uno de nosotros. Y el único “esfuerzo sin esfuerzo” que debemos hacer, como decimos en las prácticas de yoga, es estar atentos a que no demos crédito ni a nuestras “buenas intenciones y poderes” ni a nuestras “mala naturaleza o personalidad”.  Que nuestra mano derecha no sepa lo que hace nuestra mano izquierda. Manteniéndonos en ese equilibrio somos llevados por la gracia del espíritu que vive en nosotros y que es todo lo que esencialmente somos y andamos buscando en infinidad de objetos y situaciones.


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