Martín González Cremonesi
Reflexión y meditación
El camino de la meditación, ya
lo hemos visto otras veces, es un camino de simplicidad. O mejor dicho: es un camino en
el que aprendemos a simplificarnos. Simplificarnos
para poder ver, para comprender y para conocernos fundamentalmente en lo que
somos y no en lo que hemos llegado a pensar que somos.
La meditación, nos invita a ser ese cambio, a ser nosotros mismos esa transformación. La meditación es la atención
puesta en desplegar la experiencia espiritual en toda la vida de manera que
sobre ese conocernos toda la realidad toma una nueva dimensión y como la luz al
pasar por un prisma se descompone en un amplio haz de colores.
Pero no es posible transitar
la meditación a lo largo de la vida y dejar que desborde en nuestra cotidianeidad
si vivimos pensando en nosotros mismos. Observa que la meditación te ayuda a
dejarte momentáneamente de lado, a soltarte a ti mismo y que en ese acontecimiento
es que surge el autoconocimiento. Es en ese dejarte un poco de lado, que ves
toda tu totalidad, si vale la expresión, porque al dejar de pensar en uno mismo
uno comienza a entrar en la dimensión del Ser, que es el Espíritu o Dios. En esa totalidad de la que formamos parte
experimentamos el amor, la compasión y la bondad como nuestras, como
originalmente nuestras, y podemos entonces amarnos, respetarnos y así, amar y
respetar al otro. Esa señal de apertura es una señal del Espíritu en el que
residimos naturalmente y que re-conocemos cuando dejamos de
pensar en nosotros por un rato.
Cada vez que nos sentamos a
meditar estamos re-aprendiendo a
vivir en la esperanza y en la bondad. Es una experiencia porque está sujeta a
nuestra humanidad. Es un acto de fe, porque abandonamos lo conocido para adentrarnos
en el mundo del Espíritu al que quizás no conozcamos bien, pues acaso, ¿quién puede
decir que se conoce completamente?
Al meditar, reconocemos esa
humanidad nuestra rota, dolorida, peregrina por la tierra del dolor y de la
dificultad pero la alumbramos, intensamente hasta sanarla, con la luz del amor
del que provenimos y que nos recibe al transitar también la fe.
Pablo, discípulo de Jesús,
dice en una carta a sus amigos Efesios: “Rezo
para que tus ojos interiores puedan iluminarse, para que puedas saber cuál es
la esperanza a la que él te invita…”
Hoy, en nuestra meditación,
vamos a dejarnos a un lado. Vamos a dejar de pensar en nosotros mismos. Abandonemos
aunque sea por un rato, todas las creencias que hemos construido acerca de
nosotros mismos y todas las ilusiones acerca del mundo. Pongamos nuestra mente
y nuestro corazón en el espíritu de esa oración y oremos, en el silencio y la
quietud, para que nuestros ojos interiores se iluminen y podamos saber que
espera el mundo de nosotros, cuánto aún tenemos para ser y compartir, cuánto el
mismo Espíritu nos da, como regalo de vida. Y oremos también, para que los que
andan la vida con nosotros también puedan ver su mirada iluminada por la
presencia del Espíritu.
Comentarios
Publicar un comentario