¡Ay de ustedes,
escribas y fariseos hipócritas,
que pagan el diezmo
de la menta,
del hinojo y del
comino,
y descuidan lo
esencial de la ley:
la justicia, la
misericordia y la fidelidad!
Mateo 23, 23
Siempre
estamos tentados a pensar que lo más importante ocurrirá en nuestra momento de
meditación…y tal vez, si logramos llegar a nuestro propio fondo, si logramos
incursionar en el silencio de tal forma que, accediendo a la pobreza y la
sencillez más notable de nuestro ser, podamos residir en Dios. Y si, allí
estará sucediendo lo más importante en el tiempo de meditación. Y es esa
búsqueda de aliviarnos de equipaje lo que le da sentido a los términos:
pobreza y sencillez. Cuando estamos en meditación no precisamos nada (somos
sencillos) y no tenemos nada (somos pobres) y a partir de ese estar así tal
vez, podamos estar en Dios.
Pero
una gran parte de lo que nos pasa también nos pasa entre una meditación y la
próxima. En ese tiempo en que es el tiempo de ir a nuestro trabajo, a nuestro
círculo de amigos, el tiempo en que educamos a nuestros hijos…debería haber una
correspondencia, una conexión entre un tiempo y el otro. Y esa correspondencia
nos toca a nosotros, ese hacer del tiempo entre una meditación y otra el tiempo
del testimonio de que cada uno de nosotros está llamado a algo más que a trabajar
sin conciencia por el dinero o a distraerse entre objetos y buscar sensaciones
placenteras. Hay algo más que espera por nosotros, hay un misterio que cuenta
con nuestra presencia para poder ser.
En
Ananda siempre decimos que practicamos una gran horizontalidad donde unos
acompañamos a otros, donde todos vamos por el mismo camino y quizás la única
diferencia es que unos han emprendido el camino antes que otros y por eso,
pueden ayudar y colaborar para que todos sigamos andando. Los humanos tendemos
a construir poder y concentrarlo, tanto para hacer uso y abuso de él, como para
delegarlo en otro y eximirnos de responsabilidades. Pero la meditación y la
oración comunitaria, el estar en una ronda sentados juntos en silencio, nos
vuelve a todos peregrinos del mismo camino y hacia el mismo destino. Esta
quizás sea una dimensión del hacer y decir lo mismo, sea esta quizás, una forma
sencilla de practicar la correspondencia entre lo que hacemos y lo que
meditamos: vernos en un mismo nivel a todos, en una misma línea horizontal…esto
seguramente nos ayudará a practicar la coherencia y la compasión, y refundará la
sencillez y pobreza interior que tantas veces perdemos de vista.
Aquello
que vemos en nuestro interior en el tiempo de meditación no es para guardar en
una caja fuerte, es más, allí seguramente se marchite. Tampoco es para imponer
jerarquías ni deberes.
Aquello
lindo, aquello profundo, sano, compasivo que florece en nuestro tiempo de meditación, da frutos en
las horas que compartimos en el mundo.
Comentarios
Publicar un comentario