…Al ponerse el sol,
los que tenían enfermos
con el mal que fuera se los llevaban;
y él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba
curando.
Lucas, 38.40
Todos
tenemos una parte de nosotros que no encaja. Muchos incluso hemos sentido
alguna vez, o sentimos aun, que no encajamos. Los espacios que nuestra sociedad
propone para realizarnos, para ser escuchados y reconocidos como personas, las
instituciones políticas o religiosas incluso, no siempre son un espacio abierto
a todos. Si miras en una ronda de meditación en un grupo medianamente numeroso,
verás esta realidad allí plasmada: cuántas historias de vida buscan un lugar
para poder sanarse. Cuántos corazones rotos llegan al silencio de la meditación
luego de un largo derrotero golpeando puertas en diferentes lugares. Cuántas
personas no son verdades o técnicas lo que están necesitando sino, un silencio
que los reciba. Unas manos que lo calmen. Si miras a tu alrededor atentamente
en una ronda de meditación te verás a ti mismo o a ti misma, allí a la espera
de la compasión. ¿Porque, qué es lo que en definitiva nos hará descansar de
tanto dolor que la vida puede causarnos a nosotros o a quienes nos rodean?
Ciertamente no es el discurso, ni la teoría, ni el ámbito “institucional”,
sino, que al lado de quien sufre se siente alguien capaz de contactar con su
dolor. Alguien dispuesto a pasar toda la noche sin discursos ni verdades reveladas,
sanando apenas con sus manos.
El
silencio de la meditación puede ser como esa noche oscura, como esa habitación
donde la gente se agolpaba con sus enfermos a cuestas para que el Maestro los
sanara. Tus manos pueden ser como las de Él. Quizás, seas tú el paralítico, el
endemoniado o el leproso o quizás seas tú el familiar que carga con otro que sufre y lo llevas, en presencia
de la compasión a aliviar sus heridas de vida.
Muchas
veces decimos que el grupo de meditación no es un grupo “terapéutico” y que
quien lleva adelante la meditación no se ha preparado como terapeuta sino como
instructor. Pero también es cierto que el grupo de meditación y el espacio de
la meditación es un espacio a donde nuestras heridas encuentran consuelo. Quizás
tengamos que aprender a exponerlas de una forma diferente: en silencio, en
actitud de espera, en actitud de confianza. Abrirnos a la experiencia del
silencio compartido y de la mutua contención. Llevar allí nuestra parte rota
como quien lleva a un familiar enfermo, como quien busca paz y consuelo. Esta
es otra dimensión de la meditación que estamos invitados a descubrir: la
misericordia que llega a todos en el silencio, incluso en esas horas “oscuras”
de la noche. Así es el espíritu, derrama sobre todos amor y compasión y tal vez
lo haga a través de tu presencia, a través de tus manos. Hoy te invito a llevar
a tu meditación tus dolores. Tus penas todas. Lleva tus paralíticos, tus
endemoniados, tus fiebres…llévalos y expónelos a las manos del amor.
Cuando
el Buda moría, sus discípulos apenados le preguntaron dónde irían ahora, qué
debían hacer, cómo seguir el dharma que él les había transmitido. Entonces él
les dijo, que su dharma estaba en la comunidad. Que si tomaban refugio en la
comunidad, si permanecían unidos no solo su enseñanza estaría allí sino que Él
mismo estaría en ellos.
También
dijo Jesús en una ocasión a sus discípulos: “…les aseguro también que si dos de
ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo
conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres
reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.
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