Te sientas a meditar, en un lugar apacible, donde puedas estar en silencio por un largo rato y la transparencia que te regala la práctica no tardará en llegar.
Cuando hayas pasado unos cuantos minutos comenzarás a ver quién eres realmente y que te está sucediendo. Ahí la primera dificultad: ¿puedes quedarte?¿puedes sostenerte?
Si continúas, lo que no quiere decir que no sea difícil hacerlo, vendrá a ti otra ayuda de la meditación: ecuanimidad. La ecuanimidad nos asiste para que podamos sostenernos, para que podamos quedarnos en la meditación. Nos dice que para transformar aquello que es una dificultad primero hay que verlo claramente sin juzgarlo, porque al juzgarlo dejamos de verlo tal cual es. Juzgar puede ser tal vez una forma de no quedarnos mirando, de evitar lo que la transparencia nos da. Por ello, la ecuanimidad
La concentración es esa disciplina. Sentarnos a meditar y quedarnos meditando. Sentarnos a meditar y cultivar la ecuanimidad.
La transparencia nos permite ver qué está sucediendo en nosotros. Nos lleva por esos caminos interiores donde hallamos a veces paz y a veces dificultad a la paz. Pero si no los recorremos estaremos siempre escapando de ese interior que es escapar de uno mismo. Y si escapamos es que no estamos, porque eso quiere decir evitarnos, negarnos, huir de uno mismo...¿cómo se puede amar, como se puede querer, si no estamos? ¿cómo se puede ser feliz sin tener en cuanta al otro?
Que podamos quedarnos sentados, en nuestro lugar de meditación, firmes como una montaña y calmos, como una flor abierta al cielo.
Que podamos cultivar en nosotros la bondad suficiente para que la meditación sea un encuentro con la compasión. Y que la compasión nos guíe y nos sostenga a todos.
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