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Caminando juntos la cuaresma

Compartir meditaciones en cuaresma. ¿Por qué?

Hace casi 20 años que en este proyecto siempre vivo que llamamos “ananda” estamos compartiendo a práctica de yoga y la meditación. En estos años, muchos amigos y amigas han pasado, han llegado para descansar y luego retomar su viaje por la vida y otros han llegado para quedarse y hacer su viaje desde nuestra casa. Mi viaje espiritual, por así decirlo, que eso quisiera que fuera: la vida, un viaje espiritual, vaya si se ha movido. Vaya si en estos años no habremos aprendido y errado, y vuelto a aprender y seguramente vuelto a errar…y también si habremos acertado.

Pasados ya mis 40 años, con una práctica que lleva casi 20, con una compañera con la que he compartido 25 de mis 43 años, con un hijo de 22 y otro de 14…muchos números que no son sólo números, me han invitado a repensar y refrescar siempre la práctica y el espíritu de la misma. ¿Para qué practico? ¿A qué invito a las personas?
Y la verdad es que no tengo certezas a esas preguntas como respuestas más que como preguntas. Es decir, si algo tengo claro es que debo preguntármelo y seguir haciéndolo. Es allí, en ese preguntarme que me encuentro con aquellos yoguis de hace unos miles de años, curiosos de la naturaleza humana y sus misterios, críticos de los dogmas y del dogmatismo. Es allí que me reencuentro siempre con una tradición que ha sobrevivido a tanto precisamente, por su rebeldía a esconderse en instituciones o a limitarse en determinada cultura, país e incluso religión. En estos casi 20 años de yoga he practicado con judíos, budistas, hinduistas, cristianos evangelistas y católicos, con ateos, con creyentes “librepensadores”, hemos practicado juntos latinoamericanos, africanos, europeos, asiáticos, profesionales, empleados, estudiantes, amas de casa, hombres y mujeres célibes y consagradas a la religión, y homosexuales, heterosexuales, solteros, casados, divorciados… ¿qué quiero decir? Que lo mejor que el yoga me ha enseñado es que todos juntos caminamos mejor. Y que eso que llamamos “lo mejor de cada uno” se expresa, cuando intentamos que la vida cotidiana, de cada uno, sea algo más que la vida cotidiana. Lo mejor es cuando el yoga nos invita a convertir los actos pequeños y cotidianos en actos de búsqueda y expresión del espíritu: hacer del camino de todos los días un camino espiritual.

Por esto entre otras cosas es que hemos compartido en los últimos 2 o 3 años las meditaciones de navidad y cuaresma, porque son el pretexto para transitar juntos y a la vez, cada uno en su propio caminar, períodos del año que están ahí en el almanaque o bien para vivirlos desde la mediocridad, el aburrimiento, la indiferencia o la obligación y la costumbre, o bien para ser vividos como tiempos de encuentro, con uno mismo y hacia los demás.

Esta cuaresma, período del año que comienza al día siguiente del martes de carnaval y que se extiende hasta el primer domingo de semana santa, te invito a hacerlo también juntos desde esta lectura diaria de un pequeño texto. Y fundamentalmente te invito a hacerlo desde la originalidad de tu vida, con mente de principiante ante cada texto. Y para poder contarte mejor de qué se tratará esta propuesta, o más bien para poder compartir más claramente el espíritu de las meditaciones que intentaré compartirte durante 40 días, quisiera compartirte un texto que pertenece a mi diario de viaje en 2014 cuando fuimos a Cusco mi esposa Sandra, mi hermano Aníbal y yo. Es un texto un poco largo, (no serán así las meditaciones diarias) pero pinta creo yo, de la mejor manera qué quiere decir “caminar juntos un período del año” o “peregrinar por las cosas de todos los días”. Ojalá te guste y te inspire para compartir luego las meditaciones durante los días de cuaresma.

                                                                               Martín

Aquí el texto:

Feliz cumpleaños

Durante la mañana y parte de la tarde habíamos estado en la zona de Chincheros, una localidad cerca del centro histórico de Cusco. Hay allí un pueblo muy pintoresco al que se accede por enormes escaleras que  conducen a una altura de más de 3500 metros. Sobre el pueblo, escondida como detrás de la montaña, están los restos de una construcción que fue lugar de descaso del Inca. Enormes terrazas con flores silvestres, huertas pequeñas, y un profundo cañón fértil por donde jóvenes pastores pastorean sus rebaños. En la montaña de enfrente, más huertas, pequeñas casas, hilos de humo y nubes que cruzan tan cerca de uno que parece que pudiéramos tocarlas. Y en lo más alto, una pequeña iglesia de 1600, con paredes de barro y frescos pintados por los indígenas de entonces. Anduvimos las escaleras y las piedras, los silencios del lugar y pensamos la vida de la gente con sus ovejas y su casas de barro en la montaña cuando al reparo de un muro de piedra, sobre una terraza, comimos pan y fruta y tomamos mate como si se tratara de cualquier parque en Montevideo… a casi cuatro mil metros de altura.
El banquete de un día de fiesta que recién comenzaba.

Volvimos a la tarde porque teníamos la invitación de un sacerdote franciscano para conocer el convento, pero no llegamos en hora. Ya era de noche y él tenía que marcharse,  pero antes, le pidió a Rosalía, que nos mostrara "algo" del convento.  Rosalía atiende la puerta del convento y del museo, ella sabe de todo el funcionamiento, de los horarios, de la gente, seguramente es una de esas personas imprescindibles en los grandes institutos. Con gusto nos atendió, pero no nos mostró "algo". No se lo permitió el orgullo que ella siente por el lugar: su sentimiento de pertenencia la transformo en la mejor guía y anfitriona que pudimos tener, llevándonos por sitios bellos y mágicos del convento. Rosalía prendía y apagaba luces descubriendo patios, jardines, pinturas y salones ante nuestro asombro y deleite. Pero aquel paseo en noche de luna llena de mayo, no era cualquier paseo. Sin darnos cuenta fuimos entrando en la luz de la luna, en el silencio y el eco de aquellas enormes galerías. Fuimos visitando y entrando y saliendo en tantas cosas que habrán sucedido en esos pasillos y en esas enormes habitaciones que parecían revivir ante nuestra visita religiosa en el mejor sentido de la palabra.

Fue poco más de  una hora quizás en la que el tiempo se detuvo y nos condujo, la voz de Rosalía y su enorme don de gente, hacia un lugar que está fuera del tiempo...pero que está.  Allí la eternidad preguntó por nosotros. Dijo nuestros nombres y habló de las cosas que nos pasaban allí en Cusco, tierra de conquistadores y conquistas, de dolor y sufrimiento y de las que nos pasan aquí en nuestra tierra también lugar de dolor y sufrimiento.
Y en ambas, o entre ambas, espacio entre espacios, tierra de encuentros y misterios.

En un momento Rosalía nos contó acerca de una virgen milagrosa que tenían allí en el convento. Nos lo contó como quien cuenta acerca de cualquier otra cosa en el ámbito de la fe y de la naturalidad para hacerle lugar a esa fe, pero también con la solemnidad que requiere tal acontecimiento. (Quedaba claro que a pesar de la naturalidad para contárnoslo, no era algo que se les contaba a todos). Entonces nos pidió que nos detuviéramos allí, en una galería a oscuras, iluminada por la luz de aquella luna llena de mayo, y encendió la luz de un altar sencillo donde hay una imagen de "la rubia", una virgen María embarazada cuyas manos se apoyan suavemente en su vientre y sus ojos entreabiertos buscan a lo profundo quizás donde ella guardaba las cosas que no comprendía: una mirada contemplativa que se pierde más bien en un mundo hacia sus adentros. Imposible no soñar por un momento, con ese gesto en María cuando llevara a Jesús en su vientre. Imposible no pensarla mamá a ella y a él hijo, vulnerable, pequeño en su vientre...otra vez el misterio y detenernos para orar, juntos, en voz alta y con el corazón a flor de piel. Otra vez la eternidad venía a acompañarnos en este paseo entre luces y sombras, en unas galerías y pasillos con más de cuatrocientos años testigos de las cosas del mundo y del espíritu. Otra vez Dios habría querido que nuestro guía no fuera un entendido ni un profesional. Como nos había pasado ya en San Blas, alguien simple, sencillo, con un gran corazón y amor por el lugar y su dimensión espiritual, nos recibía y nos mostraba "su" casa.

Luego salimos, enamorados de la sencillez de aquella mujer que nos dedicó lo mejor de sí: su tiempo y presencia plena. Flotábamos por las escaleras del barrio San Francisco. Gozábamos del mundo del espíritu en el cuerpo convertido en cosquilleo y cascada de alegría de la más pura, en las obras de arte, en la aquitectura que habíamos visto, en el silencio y la oración compartida. Nos mirábamos y sonreíamos preguntándonos qué más nos iba a pasar, qué otros regalos tendría Dios para nosotros guardados en su gente sencilla en este lugar del mundo. Caminamos calle abajo buscando un lugar para comer algo antes de irnos a dormir, pero habría más.  En una calle peatonal un grupo pequeño de jóvenes hacían música y pasaban la gorra. Nos acercamos y comprobamos que hacían folklore argentino con guitarras y bombo, zambas y chacareras desconocidas para los peruanos y europeos pero muy familiares para nosotros. Allí mismo nos unimos a cantar y reír. Aníbal de hábito, con su ropa de fraile pidió el bombo y canto y tocó con ellos. Y a los pocos minutos se sumaron otros chicos argentinos.
Un hombre peruano me dice agradecido:
-ustedes vienen a enseñarnos la amistad, ustedes saben ser amigos.
Un poco sin entender a dónde iban sus palabras le aclaro:
- en realidad no nos conocemos, veníamos  bajando con mi esposa y el cura, el que toca el bombo y nos sumamos porque conocíamos las canciones, pero no a ellos...
-ah! ¿Ustedes no se conocen entre todos?
-no, le repito
-y el cura ¿viene con ustedes?
-si
-franciscano –agrega-
-sí, franciscano- le agrego. Y el hombre mira la escena, nos mira, recorre con su mirada un movimiento como de integración y concluye moviendo la cabeza de un lado al otro:
-Cristo camina- y mueve la cabeza repitiendo otra vez más: -es que Cristo camina. Cuando terminaron de cantar se les acercó y les ofreció su propia casa para que se quedaran a dormir allí si lo necesitaban. Sin dudas, este hombre intuía muy bien, que Jesús es un hombre que camina…entre la gente, entre las cosas que le suceden a la gente.

Luego nos despedimos, y ya no cabíamos en nosotros mismos. Y fuimos a comer yo creo más por necesidad de asentarnos en el cuerpo ante el riesgo de diluirnos en aquella ola inmensa de felicidad con la que no podíamos pero por la que nos dejábamos llevar a donde ella quisiera. Oramos y cenamos, seguimos riendo y emocionándonos en una mesa de un pequeño restorán silencioso que no sabía nada de nuestra visita a la eternidad y de nuestro viaje por el mundo de la amistad espontánea donde "Cristo camina”.  Aquél sábado 17 de mayo, día de mi cumpleaños, Cristo había elegido pasar caminando tan cerca de nosotros durante el día que más de una vez supimos que, como la mujer del evangelio de Marcos, sanábamos nuestras viejas heridas de gente del mundo,  tocando  al menos su manto...
Ya de vuelta a casa, los tres no sabíamos si caminábamos las calles del cusco o si andábamos las nubes del cusco... regalos de Dios en un cumpleaños sin torta ni fiesta ni objetos en paquetes con moñas.





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