Tenemos que aprender ,y quizás sea lo que más nos cuesta, que la meditación es dejar que el aire del Espíritu sople en nosotros. Permitirnos ser instrumento es lo más difícil para nosotros que siempre queremos "hacer", incluso en la meditación, también queremos sentir que somos los que estamos "haciendo" algo.
Dejar que el aire del Espíritu sople en nosotros permitiendole refrescar nuestra vida, nuestros actos cotidianos, sacudir el polvo de nuestros viejos hábitos, mover aquellas estructuras que a veces no son más que eso: viejas estructuras muchas veces ya vacías.
Esa es la energía de la meditación y ese es el enorme cambio que nos propone, la tremenda transformación que sucede mientras meditamos cada día: una forma de comprensión aparentemente contradictoria, en la que, lo que sucede, sucede mientras estamos dispuestos a no hacer nada. Un "no hacer nada" lleno de conciencia y vitalidad, pues es un "no hacer nada" que tenga que ver con forzar, con evitar, eludir o escapar de lo que es y de lo que sucede. La experiencia del ámbito del Ser es enormemente transformadora de nuestra vida cotidiana y ocurre fundamentalmente mientras nos disponemos a no hacer aquello que estamos "acostumbrados" a hacer.
La curiosidad, (la motivación por descubrir qué más hay), la sorpresa, (el dejarnos sorprender por la vida y así poder ensayar otras respuestas)...y por supuesto, el responder: la meditación siempre es una forma de respuesta a la realidad cuando empezamos a dejar de reaccionar. Una forma de responder que aprendemos fundamentalmente de saber esperar, de saber escuchar, de cultivar confianza y entrega.
Que el aire fresco de la meditación refresque nuestra existencia. Que al soplar, el Espíritu desprenda de nuestra mente y nuestro corazón aquellos hábitos que nos encadenan a formas de vida basadas en el sufrimiento y que su aire fresco nos traiga la alegría y la esperanza capaz de renovarnos siempre.

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