Cuantas veces verdad volvemos a comenzar este camino de la meditación. De hecho, esta noche, estamos comenzando un nuevo año de encuentros semanales de meditación en ananda. Y cada uno de nosotros, allí al sentarnos en la ronda, tendremos la oportunidad de sentarnos o bien desde lo que ya "sabemos" o bien, desde la inmensidad de la mente de principiante.
Ojalá nunca dejemos de meditar, ni en verano, ni en los días feriados, ni en las vacaciones. Que ese tiempo de meditación siempre esté formando parte de nuestra cotidianidad. Pero lo cierto es que para mucho no siempre es así. Cuando el ciclo del grupo termina les es difícil sostener la disciplina en casa. Incluso durante el año, para muchos es difícil meditar fuera de la presencia del grupo y de la dinámica de los encuentros programados. Bueno, siempre es bueno volver y comenzar. En lugar de detenernos a mirar qué no hemos podido aún, podemos utilizar esa condición a nuestro favor. Que este "volver a empezar" sea signo de que siempre, todos, estamos volviendo a empezar, de que todos somos principiantes e ignorantes en las cosas del espíritu.
Que al sentarnos, cada vez, cada día podamos recordar que entre lo que tenemos que trascender también están esas nociones del "yo ya se".
Al trascender los pensamientos, las palabras, los conceptos, queremos llegar a una región de nosotros mismos donde todo es plenitud y dejamos de vernos en función de lo que hacemos y comenzamos a vernos en la naturalidad de lo que somos. Sentarse a meditar es eso: vernos tal como somos no en relación a lo que hacemos. Sentarse y quedarse quieto, cerrar los ojos y permanecer en silencio es signo de esa humildad y de esa vocación de ir más allá, incluso de lo que "ya sabemos".
Que al comenzar un nuevo ciclo de encuentros
no olvidemos a qué venimos.
No a forzar, no a fijar sino,
a la experiencia de sabernos comenzando de nuevo cada vez. Con toda la paciencia y la compasión que ello implica para con nuestra humanidad.

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