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Campanas
















Vivo cerca de un convento, en el centro de la ciudad. En medio del ruido ciudadano de ómnibus que frenan y arrancan, de máquinas que van transformando la fisonomía del barrio con grandes y  altos edificios, vivir cerca de un convento es diferente. Pues no es sólo la iglesia, el templo, sino el convento. Su antigüedad, la forma de vida de los frailes, su presencia en nuestro país que lleva ya la mitad del tiempo de nuestra historia.
Y una de las cosas más lindas, aunque parezca menor, es el campanario...vivir cerca de las campanas de la iglesia que suenan a medio día y media hora antes de cada celebración.

Cuando eran pequeños, mis hijos compartían con sus abuelos esa espera y luego, mirando por la ventana, permanecían atentos y maravillados con aquél sonido... Muchas veces estoy dentro del templo y al sonar las campanas uno puede sentir la vibración en las paredes y columnas de la vieja estructura: el Espíritu nos llama, Dios llama, desde el silencio irrumpe y también vuelve a disolverse otra vez en el silencio. Suenan las campanas y Dios llama y al silenciarse: Dios espera nuestra respuesta.

Así parece ser la invitación que la meditación nos hace: nos llama, irrumpe como novedad en nuestra vida y nos mantiene (como mantenía a mis hijos) atentos y maravillados. Y luego vuelve al silencio de donde vino, a esperar nuestra respuesta. Pues el mayor fruto de la meditación es la forma en como vamos respondiendo a la vida. Las campanas son como un mantra, como una oración constante, incluso como nuestra respiración, un recordatorio de que si sabemos mirar, el Espíritu está ahí, aguardando. Y la meditación nace, crece y alcanza su plenitud en cada uno de nosotros cuando conocemos que somos llamados desde lo más hondo de nuestra experiencia. Nos llama y desde ahí, desde esa hondura,(y con esa hondura), respondemos.

¿Podríamos animarnos a ver nuestra meditación como una relación de llamado y respuesta?


Que podamos sentirnos llamados, invitados desde la fuente del amor, primero a conocernos y comprendernos, sin egoísmos ni falsas individualidades y luego desde esa experiencia de amor, sabiéndonos amados, que sepamos caminar hacia el encuentro con aquél que con su vida, 
camina a nuestro lado y comparte el llamado 
y también las respuestas.

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