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En las pequeñas cosas
















Cuando tenemos sed, tomamos agua. En cualquiera de sus formas, cuando tenemos sed, nos procuramos agua, ya sea en jugo, en bebida, en agua sola...ya sea embotellada, de un bidón o de la canilla de la cocina. Cuando tenemos sed, tomamos agua. Afortunadamente saciamos la sed con facilidad en nuestro país, pero hay millones de personas en el mundo que padecen no sólo sed, sino la dificultad de procurarse agua de forma sostenida y segura para su salud. Y la facilidad con que aquí en nuestro país accedemos al agua nos hace olvidar que cada vez que tenemos sed y la saciamos tomando agua estamos aunque sea a través de una intrincada red de conexiones, contactando con la fuente, con el lugar de donde esa agua proviene.

En la meditación sucede lo mismo. Cuando tenemos sed de paz, sed de amor, sed de vivir con plenitud, buscamos saciar esa sed y esto será posible si tenemos a nuestro alcance una oportunidad de practicar y si esa práctica nos conecta con la fuente de lo que buscamos. Si no somos capaces de establecer firmes raíces con la meditación, nuestra sed no será colmada nunca. Y este es un primer paso: buscar la fuente, el inicio, de donde esa plenitud y ese amor fluyen como agua de manantial. Es necesario entonces aprender a estar con uno mismo y buscar  buscarse desde allí.

Como en el caso de la sed y el agua, también tenemos que aprender "a tener el agua a mano", pues si cada vez que tengo sed debo caminar kilómetros para obtener un poco de agua...(y esto es lo que le pasa a tantas personas en el mundo). Tenemos que aprender a encontrar lo que colma nuestra sed de plenitud y amor en la vida cotidiana, en lo sencillo del hacer diario para que podamos "echar mano" a la fuente cada vez que lo necesitemos. 
Esto es lo segundo: encontrar la fuente del amor en nuestro quehacer. No será lo mismo sentarse a meditar para entrar en orden de relación con el amor mismo en nuestra vida cotidiana  que hacerlo sólo para saciar un poco la sed de paz en formas que no tocan nuestra vida diaria. Es como rearmar nuestra vida pero sin cambiarle nada, poniéndonos en las manos de ese amor que fluye desde la fuente no atendiéndonos de forma egocéntrica sino, de manera amorosa y plena. Encontrar en las cosas cotidianas la presencia del Espíritu nos habla de que esa presencia del amor está en uno y nos lleva a saber que esa misma fuente está también en los demás. En cada uno de nosotros fluyendo y dándose.

Entonces lo primero podría ser aprender a estar con uno mismo. A encontrar lo que buscamos en uno mismo. Lo segundo, aprender a encontrarse uno mismo en las cosas cotidianas y sencillas. Quizás podamos comprender la inmenso de la verdad, lo inconmensurable del Espíritu, la enorme presencia de la que somos parte, comenzando por conocer la paz, el amor y la belleza en las cosas simples de la vida. No te quedes sólo con lo bien que suena esto. Ponlo en práctica y verás de manera sencilla, como todo el universo está contenido allí.

Que sepamos encontrar en las cosas simples de nuestra vida la presencia plena del amor. Y que podamos volvernos con ello, también nosotros más simples y sencillos, y así, comprender con facilidad el lenguaje y la comunicación de ese amor y esa plenitud que todos anhelamos.

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