Arar la tierra y sembrar. Darla vuelta,
que quede patas para arriba, que los terrones se despedacen,
que el agua de lluvia corra por entre todas sus partes.
Arar la tierra y sembrar.
Y después estar ahí atento, anhelando la estación,
el día y la hora de romper desde la oscuridad
y salir a la luz tallo y hojas. Vulnerable y frágil,
pero valiente...
y más tarde o más temprano, cuando uno menos la piense,
entre raíces y ramas, sostenido siendo tronco y sosteniendo,
dar fruto y sombra, cobijo, resguardo, hasta ser leña.

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