Cuando practicamos yoga con los niños está muy bueno porque por sobre todo practicamos en la sinceridad. Si les gusta lo dicen, si no les gusta también. Si se aburren, si se divierten...ellos lo dicen y nosotros tenemos que aprender a ser receptivos de su sinceridad. Las maestras nuevas, y los padres creen que saldrán "levitando" de nuestra clase. Otros creen que con algunos niños será "imposible". Yo he aprendido a practicar con ellos y ser receptivo a su sinceridad... ¿y qué más me han enseñado?
Llevo 17 años practicando yoga con niños y he aprendido mucho, tanto que si repasas nuestro blog en las meditaciones muchas veces encontrarás referencia a lo que pasa en las prácticas con ellos. Pero hoy quisiera detenerme en un aspecto: el desapego. Cuando los niños practican, practican y nada más. Ellos están en una asana y no están pensando si se les irá el dolor de espalda con eso o si se concentrarán más en clase. Simplemente hacen el ejercicio. Lo mismo cuando nos quedamos 5 o 10 minutos en silencio...no están calculando cuánto falta para el recreo o para la merienda... generalmente no, aunque algunos nos plantean: "no me gusta hacer yoga, me aburre", "no me gusta estar quieto". Pero no lo dicen como reacción, sin como fruto de su experiencia: eso es lo que les pasa y lo plantean.
Con ellos y con ese tipo de comentarios he aprendido a elaborar una mirada sobre el desapego que sea compasiva y que comprenda la fragilidad de un niño pues su enorme sinceridad nos pone en un diálogo con la inocencia, con la fragilidad. He aprendido a elaborar una dimensión del desapego que luego pongo en práctica conmigo mismo y que te comparto hoy aquí: las cosas que hacemos no pueden ser divididas sólo entre las que me gustan y las que no me gustan, menos aun las que no conocemos todavía. La libertad de no hacer algo que no nos gusta es la otra cara de la libertad de descubrir lo que no conocemos, de darnos tiempo para descubrirlo y de descubrirlo sin presiones, respetando nuestro punto de partida.
Lo que el desapego nos regala
Una parte de nuestra libertad radica en poder ser claros y tener un "perfecto discernimiento" y esto no es posible sin desapego. Tenemos que estar prontos a soltar muchas cosas materiales que limitan nuestra capacidad de visión, (y esto es muy sabido ya por casi todos, estar apegados a las cosas materiales limita nuestra felicidad) pero también tenemos que estar dispuestos a esa otra libertad: dejar partir, soltar incluso nuestras creencias, nuestros hábitos y pensamientos, aun los más queridos, a fin de tener libertad para discernir y optar, pues de lo contrario muchas veces elegimos desde la costumbre y el hábito y no desde la libertad.
Cuando meditamos necesariamente vamos a lo desconocido en cada uno de nosotros. Vamos a esa inmensidad que los hábitos evitan por insegura, vamos a la totalidad que nuestro ego evita porque amenaza su lógica de división y competencia. Por tanto, para poder meditar es necesario que estemos emprendiendo un camino de desapego en el que no estamos más en el centro de la actividad.
La experiencia última del desapego, lo que el desapego "nos regala" al meditar es que al perdernos a nosotros mismos, cuando estamos dispuestos a soltarnos (en nuestros hábitos y costumbres, en nuestras opiniones y esquemas mentales), cuando estamos dispuestos a soltarnos y lo hacemos, nos perdemos a la pequeñez del ego, a sus miedos e inseguridades, a su lógica de competencia y agresividad y nos abrimos a la experiencia de unidad, de totalidad y de libertad. La meditación nos libera del hábito y nos invita a la experiencia de libertad para con nosotros mismos y para con los demás.
Y acaso, ¿es posible el amor sin libertad?
Que podamos ser libres y emprender el camino hacia la libertad que nos libera y libera a los demás con nosotros.
Que podamos soltar aquello que nos oprime y que se interpone entre nosotros y nuestra plenitud.
Que la meditación sea cada vez más firme en nosotros y más estable y así podamos descubrir cuánto más es la vida, cuánto más hay para nosotros.

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