Dos veces a la semana practico yoga con niños de un colegio. Este año se ha dado que el grupo está "movido", es decir, le ha costado más entrar en las dinámicas de aprendizaje. Son más inquietos, más dispersos...de a poco fuimos dándonos cuenta que no están acostumbrados a escuchar y por lo tanto a ser escuchados, que no están acostumbrados al silencio y a climas de atención, y que conocen poco de límites y posibilidades. Pero ese, aunque es de lo que se trata, es otro tema. Lo cierto es que la práctica de yoga es un desafío para ellos, para mí y para la experiencia en sí. Me he preguntado hasta dónde podíamos ir...hasta dónde llegaríamos y cuál seria el límite.
Luego de probar varias herramientas para captar su interés he comenzado a dejarle un lugar de importancia cada día de práctica a lo que yo llamo el corazón de nuestra práctica. Luego de algunas asanas que a veces las practicamos en mejor clima y a veces no tanto, dedico unos minutos a sentarme con ellos, cerrar los ojos y estar en silencio. Y nuestros encuentros desde entonces han mejorado notoriamente. He puesto en el centro de la atención el corazón de nuestra práctica: permanecer en silencio a pesar de las dificultades,y el silencio allí es mucho más que estar callados la boca, es confiar en que podemos, es confiar en que la energía de la práctica podrá hacer los cambios, en que el control en yoga es relajación. Es saber esperar y darnos tiempo para conocernos desde esa "autoridad". La autoridad de la práctica descansa en la confianza y la espera. Ese es el corazón de nuestra práctica. Luego puedo confirmar que los niños saben de la ética de respetar el silencio, de que quien cierra los ojos frente al otro está confiando en ese otro, ellos ya saben de la fortaleza y la autoridad de permanecer en calma. Y responden entonces en consecuencia a su saber. El rol quizás de uno como docente sea reflejar calma y confianza en ellos, en el ambiente, desplegar una práctica que se sostenga desde lo esencial. Y entonces el yoga y la meditación suceden, desde el corazón de la práctica se despliegan como pétalos de una flor que perfuma el aire de forma no visible pero fácil de percibir.
Mantenernos como adultos en el corazón de nuestra práctica que no es ser habilidosos ni eficaces por sí mismo sino, atentos, calmos, eficientes desde la conexión con uno mismo y en el encuentro con los demás, eso quizás sea para nosotros luego la meditación.
Que sepamos mantener presente en nuestro día a día el corazón de aquello que practicamos para no perdernos en resultados ni éxitos vanos. Que la experiencia de la confianza y del saber aguardar estén siempre en el corazón de nuestra práctica.
Comentarios
Publicar un comentario