Cuando meditamos, a lo largo del tiempo, necesitamos ayudas. Algunas veces de otra persona, de su compañía o de su guía, otras veces de un concepto, de una teoría,otras de grupo al que podamos pertenecer. Hacemos un camino que va diciéndonos que lo esencial ya lo sabemos, que el conocimiento y la sabiduría está ya en nosotros pero a la vez experimentamos que necesitamos comprender. ¿Qué ayuda es que podrías llegar a necesitar y qué parte de esa ayuda ya está en ti?
La libertad de permanecer.
La mente de todos nosotros es inquieta, se mueve, podríamos decir: de un universo a otro. En nuestra época más aún, parece que esa dificultad de echar raíces en el presente, en lo que está ocurriendo, se ha agravado. Puede que muchos de nosotros nos sintamos presa de esa desatención por "atender" a tantos estímulos. Una ayuda muy valiosa hoy día podría ser que se nos diga que es necesario permanecer y que permanecer es un acto de libertad en la medida de que en respuesta (o compulsión) a responder a tantos estímulos muchas veces no estamos en lo que está sucediendo...no estamos respondiendo sino apenas reaccionando.
¿Cómo hacer para meditar a diario? ¿cómo poder meditar por el resto de mi vida? ¿Cómo no interrumpir mi práctica? Esta son preguntas que nos hacemos generalmente y están en los primeros lugares de nuestras dificultades. Pero no es sólo un problema del ser humano "moderno", hace cientos de años, al menos más de un par de miles de años, eran dificultades que se planteaban, porque tienen que ver con la naturaleza de la mente. Y la respuesta que podemos darnos hoy también es la misma de entonces: permanecer es un acto de libertad, es una elección que nadie puede hacer por ti, de ahí que esa ayuda ya está en ti.
Otra ayuda que la tradición y sus maestros nos legaron generosamente, es la impresión de que si forzamos a la mente a permanecer sólo obtendremos más resistencia, más dificultad y hostilidad. Es necesario darle a la mente una medida dentro de la cual pueda moverse. Una frase, una palabra que repetida invite a la mente a saber vivir en ese movimiento que es de la naturaleza de la quietud y que aprenda a estar en esa quietud que guarda en sí misma la pulsación, el movimiento de la vida.
Te sentás a meditar y repetís una palabra o frase, una y otra vez y hay allí quietud y hay también movimiento. Y esa ayuda está en ti pues nadie puede hacerlo por ti. No es como escribir un libro o dar una conferencia sobre meditación. Es elegir una palabra o frase y decirla, una y otra vez. Allí la libertad que comienzas a usar: la libertad de terminar de decirlo y empezar de nuevo antes de irte a otro "universo".
Elegir el mantra, amar el mantra, sentirse muy querido por él.
Cuando elegimos una frase o palabra que utilizaremos en cada práctica de meditación lo que estamos haciendo es dándole una medida a la mente ara que allí se mueva. Como es una palabra o una frase pequeña y nada más, cada vez que la terminamos volvemos a empezar: es simple. Y siempre es la misma además. No tiene vericuetos, ni complejidades, ni zonas desconocidas: es pobre. Y siempre está allí cada vez que nos disponemos a decirla, la palabra o frase está disponible, sólo tenemos que, haciendo uso de nuestra libertad ante la distracción, decirla una y otra vez: es generosa con nosotros.
Al llevar adelante una práctica simple, la mente va a calmarse y descansar y podrá entonces permanecer. Al llevar una práctica pobre, nuestro egoísmo irá atenuándose y nos volveremos más dependientes de la práctica (en el buen sentido de la palabra), es decir practicaremos más opr que cada día sentiremos la necesidad de hacerlo. Al experimentar que la práctica es generosa con nosotros, que nos deja estados en la mente, estados de ánimo, fortalezas y descubrimientos a partir de esa simplicidad y de esa pobreza, iremos haciendo el camino del amor: practicar será la forma en que nos introducimos en la experiencia del amor, o mejor dicho: liberamos al amor en nuestro interior. Comenzamos con la simplicidad y llegamos a la permanencia, al compromiso. Continuamos con la pobreza y transitamos el desapego. Experimentamos la enorme paciencia que la meditación nos tiene, la espera que parece que el espíritu hace de nosotros, con nuestras idas y venidas, y entonces nos sabemos amables: queridos y dispuestos a querer.
Estas ayudas están en ti. Nadie puede dártelas, sólo tenemos que animarnos a tomarlas. No repitas mecánicamente tu frase o palabra. Elije una que puedas amar por lo que dice. No la elijas por su complejidad sino por lo que resuena en ti. En esa palabra que al decirla parece que la escuchas, libera toda la humildad y el amor en ti que es la presencia del Espíritu. No te guardes nada, no dejes que el ego pacte guardarte algo para después, para otro día, para más adelante cuando seas de otra forma o puedas otras cosas, porque sencillamente te estará privando de la mayor fortaleza: la ayuda está en ti.
Que podamos mantenernos en completa armonía y esperanza. Que esperar nuestro propio progreso al caminar no sea detenernos o retrasarnos en el largo trabajo de saber quién es que somos completamente.
Que podamos sembrar la confianza en nosotros mismos partiendo de la sencillez y la esperanza.

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