Texto publicado ya en este blog en 2014
…estar abiertos y disponibles a la
experiencia del Espíritu, (…)
a ser
renovados, redimidos,
refrescados en el misterio del amor permanente.
Antes de preguntarnos
quizás "qué aprendemos al meditar", deberíamos repasar la idea de que
meditar es, un proceso de aprender y desaprender, en el que incluso el
"desaprender" puede también ser visto como otra forma de aprendizaje.
Entonces lo primero que
debemos recordar es que la meditación en sí es un estar aprendiendo siempre. No
vamos a la meditación a dar lecciones de sabiduría, ni a enumerar reglas
morales, ni a confirmar conocimientos técnicos o académicos. Vamos a la
meditación a aprender. Una y otra vez, cada vez que meditamos estamos entrando
en esa dinámica de sentarnos a aprender.
Si cultivamos la humildad
y perseveramos en la meditación, (cabe recordar que a nuestro ego no le gusta
demasiado esa idea de "permanecer aprendiendo"), iremos descubriendo
que esa actitud de "estar siempre aprendiendo" es lo que
verdaderamente va refrescándonos. No somos transformados en mejores personas
más humanas cada vez por el acceso a grandes verdades sino por el aire fresco
que entra en nosotros cada vez que nos sentamos a meditar. Eso es lo que nos
transforma. Aprendemos que la humildad es cosa seria y que se nos da, sin
esfuerzo, al permanecer en silencio escuchando qué más debemos aprender y que
no sabíamos.
Pero si observamos de
forma penetrante durante la meditación, la mayoría de las veces
escuchamos...nada. Parecerá que no hay cosas concretas que aprender, datos de
la realidad que descubrir...entonces volvemos a preguntarnos: cuando meditamos,
¿qué es lo que venimos a aprender?
Aprendemos la maravilla de
adentrarnos en el misterio de la vida. Aprendemos que hay en nosotros una
presencia que nos da vida y que está presente en todo y en todos. Y que toda la
fuerza, la claridad de entendimiento, la compasión, la comprensión última de la
vida proviene de ese contacto diario con la esencia de las cosas que por ser
esencia, está presente también en
nosotros.
Al meditar aprendemos que
no hay conciencia plena, no hay presencia en el eterno presente si no es por
ese estar abiertos, disponibles, presentes, amantes del Espíritu y su
misterioso obrar en cada uno de nosotros. Eso es, creo yo humildemente, lo que
aprendemos en la meditación: la práctica de la meditación es estar abiertos y
disponibles (lo que sugiere fe y acción) a la experiencia del Espíritu, y
meditar es ese ir a su encuentro cada día a ser renovados, redimidos,
refrescados en el misterio del amor permanente.
Te invito a meditar en esa
fuente inagotable de amor que permanece en ti a la espera de tu encuentro. Solo
tienes que ir. Solo tienes que estar. Ese quizás sea nuestro "esfuerzo y
disciplina": ir a la meditación con la conciencia de que vamos a una
relación personal. En el silencio humilde del que está allí aprendiendo,
escucharemos nuestro nombre pronunciado una y otra vez, cuantas veces sea
necesario hasta que nos demos cuenta que es a nosotros que se nos llama desde
el fondo del amor.
Que pueda permanecer en la práctica el tiempo
suficiente hasta escuchar mi nombre pronunciado desde la voz del amor. Que sepa
estar, que pueda ser humilde para aprender y escuchar.

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