Muchas cosas pasan cuando nos sentamos a meditar. Con la comprensión de la realidad en la que estamos inmersos, llega también una forma de mirar esa realidad, una forma de abordar y de dar respuesta: la ética de la meditación.
No es necesario que uno sea un "experimentado" meditador, (ese enfoque justamente parece no ser el de la meditación), es necesario tener un corazón dispuesto en el silencio y la quietud, a verse transformado por esa forma de comprensión que nos llega con el silencio y la quietud. Puede ocurrir de otras maneras, pero miremos juntos algunas, por ejemplo:
La ética de permanecer quietos
Estar quietos un rato implicará en algún momento abandonar el impulso de moverse. Ya al tomar la decisión de sentarnos hemos abandonado la rutina, los quehaceres tal cual estaban planificados para comenzar a integrarlos a esta disciplina de sentarnos y permanecer quietos. Esta es la ética de la quietud: comenzamos a experimentar que lo que venga después será también fruto de habernos dejado partir, de soltarnos ligeramente...hay en la renuncia a lo conocido de nosotros mismos un ganar en comprensión y en conocimiento de nosotros mismos.
La ética del silencio
Estar en silencio implicará un abandonar el impulso de hacer y de forzar las cosas más sutil que el anterior. "Privarse" del habla con tanto para decir, es una forma de respuesta a la necesidad de verdad que cada uno tiene. El silencio pasa a ser la manera en como respondemos a ésa búsqueda, la esencia de esa búsqueda y también el resultado de esa búsqueda.
Todos los que nos sentamos a meditar un rato cada día sabemos que pronto experimentamos un estado de calma y paz. Que con la experiencia va haciéndose también un estado de felicidad y de amor: nos sentimos amados en lo profundo de nuestro ser. Estas dos dimensiones entonces se muestran como una sola: experimento la paz y experimento el amor. Estoy en paz y me siento querido, amado. Allí descansa la ética de la meditación pues si continuo cultivando esa experiencia, ( que es búsqueda, necesidad, testimonio, confirmación), entonces iré respondiendo desde esa experiencia de paz y amor, de calma, de felicidad, de comprensión y trascendencia.
Es cierto que la meditación se trata de sentarse y permanecer en silencio y quietos, pero no creas que la meditación no conlleva una ética, una forma de vivir. Tal vez has estado confundiendo la ética con la moralidad o con la aridez y estrechez del juzgar a los demás y de sentirte juzgado. Eso no es ética. La ética de la meditación no señala sino que acompaña, no culpa sino que aclara, no destruye sino que sostiene y edifica. Decía Vivekananda, "la ética es la voz que dice: primero tu, después yo".
La ética de la meditación te abraza para que desde ese abrazo comprendas que no hay lugar a otra respuesta posible: cuando te hayas comprometido con el sufrimiento en ti y la meditación esté haciendo algo por ello, entonces esa experiencia de plenitud e integridad que la meditación nos otorga, te impulsará a despertar la plenitud y la integridad en los demás. Cuando la práctica comience a aliviar el sufrimiento en ti, inmediatamente comenzará a impulsarte a aliviar el sufrimiento en los demás. Así es la ética de la meditación.
Que podamos despertar en cada uno de nosotros el sincero anhelo de paz y plenitud y que impulsados por esa comprensión total y radical de la vida que el amor nos regala, podamos también colaborar en la búsqueda y obtención de la paz y la plenitud en los demás.

Comentarios
Publicar un comentario