Las tradiciones espirituales que nos llegan desde oriente tienen dos características fundamentales para vincular la vida cotidiana, el paisaje y las inclemencias del tiempo con la búsqueda espiritual, el progreso en la disciplina y la relación de los practicantes devotos con la Verdad: las barcas y los lagos (o los mares) y el desierto y la sed, el calor, soledad, el caminar...y si sumamos los montes (y las montañas) con el encuentro con Dios, podríamos decir entonces tres elementos.
En la tradición hindú es muy común encontrar pasajes en las escrituras donde se dice que el gurú es la barca que nos lleva a la otra orilla de la existencia, del sufrimiento a la plenitud. En la tradición hebrea, el monte o la montaña es lugar de encuentro con Dios y el desierto es lugar de búsqueda. Y en la primer tradición cristiana ambos símbolos están presentes agregándose además que gran parte de la vida pública de Jesús y sus amigos transcurrió a orilla de los lagos, en medio de barcas y entre pescadores, aunque esto no fue en desmedro de orar a solas en el monte o de esa búsqueda en el desierto.
Quizás esa espiritualidad ha encontrado en las barcas de pescadores y su búsqueda extrema del sustento, lanzándose al mar con sus redes y a expensas de los vientos, un paralelismo con nuestra búsqueda de la paz, de la verdad y del "alimento" que sacie esa sed de trascendencia. Pues de lo contrario, siempre rodamos por las vicisitudes de las circunstancias. Siempre vamos de aquí para allá según sopla el viento y cuando este es fuerte, cuando es tormenta entonces nuestra vida pende de un hilo.
La meditación no es calma permanente. La meditación no es un cheque o una garantía de que nuestra barca jamás atravesará tormentas. Podríamos decir que la meditación es esa voz que nos llama y nos invita a permanecer en calma en medio de la tormenta, es la voz que nos habla de la fe y es la mano tendida que nos sostiene. En ese mar de circunstancias imprevistas que es la vida, ante ese fuerte viento que sopla tan seguido y nos inquieta y nos llena a veces de miedo, la meditación con su quietud y su silencio es una voz en medio de la tormenta. Nuestra disciplina sea quizás, aprender a identificarla, reconocerla y dejarnos acompañar.
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