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Una carrera







Días atrás ya tenía pensada esta carta pero una vez escribí mentalmente un borrador no me inspiraba. Pasó el miércoles, pasó el jueves y seguía en lo mismo: me cansa leer textos donde no hay un atisbo de la persona humana que los escribe por eso trato de no hacer lo mismo. En la espiritualidad aunque paradójico por tratarse justamente de la espiritualidad, es común toparse con teorías y conceptos, con citas y “credenciales”, pero no es común encontrarse con los relatos de la vida de quien escribe. Y menos aún si se trata de relatar dificultades, errores o simplemente “búsquedas”, pues la ley del éxito ha llegado hasta las páginas y los relatos espirituales que en lugar de aleccionarnos o “deslumbrarnos” deberían simplemente inspirarnos.

Entonces hoy temprano escribí la carta tal cual la tenía en mi mente desde hace días. Y aunque decía cosas ciertas, no me inspiraba, no me movía un pelo. Me retiré de la mesa alejándome del texto tan frío y sabiondo. Tomé mi abrigo, las llaves y salí a la calle. Abandoné mi escritorio silencioso, mi refugio diario de meditación y lectura y salí a la calle en pleno centro. El frío, las nubes tan grises, los autos mal estacionados impidiendo cruzar la calle con seguridad, el contenedor de basura desbordado...¿cómo encontrar en este campo la forma de contar aquello mismo que está ya escrito frío y sin vida casi, con el pulso de la experiencia? Entonces di una vuelta manzana crucé la calle y cuando me disponía a dar otra vuelta manzana vi la panadería en la esquina, toqué el bolsillo derecho del abrigo y traía mi tarjeta de débito. Crucé y compré algo de pan tibio y regresé. Reconozco que me quedé parado frente a la luz verde algún minuto más después de que la luz me permitiera cruzar. Mi mente estaba completamente recogida, sobre sí misma, dialogando con la memoria más antigua...algunas palabras podía llegar a escuchar: edificio alto, liceo, edad, miedo, seguridad…

En unos minutos estaba frente a la libreta otra vez. Pero no fue necesario. Acerqué la computadora y me dispuse a escribir estas líneas que salieron sin pausa… aunque no sé si van a inspirarte como a mí. No soy un escritor profesional creo que ni siquiera lo soy amateur, pero me gusta escribir, me gusta contar cosas y por allí va mi inspiración.

He encontrado un link que me lleva del texto original de la carta a mi trato y mi lucha con aquellos ideales del ego: tenía 11 años cuando entré al liceo y los tendría por casi seis meses, por tanto era el más chico en edad y también en tamaño. Me vi en la escalera del liceo Dámaso, un edificio enorme, grandioso, un liceo sumamente concurrido, cientos de estudiantes de 1° a 6°...y yo ahí con 11 años, flaquito, pequeño...vistiendo una campera que obviamente, me quedaba grande. Ciertamente, experimenté temor e inseguridad, miré a mi alrededor, tanta gente mucho más grande que yo, esas puertas enormes, esos salones desbordados de bancos... y apreté el acelerador. Empecé a adaptarme mostrándome seguro y fuerte. Corrí para adelante. Pero nunca sentí que estaba improvisando, simplemente respondía. Entonces corrí. Luego, mucho tiempo después comencé a descubrir que lo que le daba sentido a mi vida era justamente lo que la estaba vaciando de sentido.

(Ahora sí, te invito a que leas el texto escrito para esta carta).


Saber parar

Pensar la vida como una carrera por obtener ciertos logros es agotador. La vida tal cual ahora la tenemos, tal cual la hemos ido construyendo, no para de proponer nuevos logros, entonces primero el sentido es crecer, luego aprender, luego aprender más y saber qué se necesita para obtener un buen empleo, luego tener un círculo social acorde a esos ideales que terminamos aceptando y no sabemos bien de dónde vienen...y luego trabajar y mejorar y “progresar”...y si formamos una familia: ser mejores padres sin dejar de ser mejores hijos, esposos, amigos, ciudadanos...corremos, siempre corremos detrás de un sentido de vida que deberíamos preguntarnos si es el sentido de vida que quisiéramos que nuestra vida tenga.

Una vida sin sentido es una vida desperdiciada, un ser humano sin sentido de vida se pierde de sí mismo. Puede morir de viejo con muchos años, pero seguramente habrá comenzado a morir en vida cuando perdió su sentido de vida. Ahora, el propósito, el sentido, los anhelos humanos ¿no se nos confunden muchas veces con exigencias e ideales que no provienen de nuestras necesidades profundas?

Nuestro ego va recogiendo una enorme cantidad de imágenes, de voliciones, de experiencias de relación, de formas de recibir afecto y cuidado y construye con todo eso, un ideal al que “deberíamos” llegar. Esos ideales que nuestro ego construye a lo largo de la vida y fundamentalmente en los primeros años, por provenir de donde provienen (de cómo hemos integrado la felicidad y la seguridad), los sentimos como lo más nuestro, los vemos allí afuera pero queremos tenerlos con nosotros.

Cuando una persona representa esos ideales de calma y cuidados, no podemos imaginar la vida sin su compañía y lo que nos impulsa no es su respeto ni su sentir sino únicamente la fuerza del ideal que perseguimos. Cuando se trata de una situación social o económica, de movilidad social o prestigio, entonces somos capaces de sacrificarlo todo por ese estado. Trabajamos mucho, invertimos allí mucho tiempo, lo priorizamos ante la familia, los amigos o la propia vida interior. Es que esos ideales parecen ser, lo mejor de nosotros a punto de ser conseguido.

Si pudiésemos seguir el hilo y ver de dónde provienen, entonces podremos descubrir que no provienen de nosotros sino de un afuera que asumimos como nuestra propia “interioridad”: una persona es “el amor personificado”, un trabajo es “el bienestar materializado”, unas vacaciones pueden llegar a ser “la expresión de la libertad y la realización personal”.

Toda la secuencia es inconsciente, fundada en momentos en los que no pudimos reconocer que se estaban consolidando ideales que no son más que eso: ideales, ideas, no realidades.

En los yoga sutras, Patanjali dice que las causas del sufrimiento se “someten” viendo de donde provienen. Seguir el hilo del sufrimiento es posible con las prácticas contemplativas: “El yoga es aquietar las pautas de la conciencia. Entonces, la atención pura puede residir en su naturaleza misma” (Sutra 1-2.3)

Una atención “pura” es una atención que está dirigida, es como una luz que alumbra lo que estaba a oscuras. Pero la atención fluctúa, la mente se posa donde más interesante le resulta, no siempre donde uno quiere. La práctica, en su dimensión básica y primera: detenernos, saber pausar y mirar, concentra nuestra atención y la dirige allí a donde queremos dirigirla, por eso puede revelar las causas del sufrimiento. Cuando la mente se concentra, se detiene, cesan las fluctuaciones de la conciencia, dejamos de correr internamente detrás de ideales acerca de qué deberíamos ser y cómo deberíamos ser. Pero que sea simple no quiere decir que sea “fácil”. Es un esfuerzo, una decisión por permanecer investigando a pesar de lo doloroso que a veces nos puede resultar. Pero una cosa es el dolor y otra es sufrir por no saber de dónde viene aquello que asumo es “lo que debo ser” y que impulsa mi vida “disfrazado” de ideal. Esos ideales acerca de lo que debemos ser, nos han evitado preguntar: “quién soy”.










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