Cuando aún no era instructor de yoga conocí una familia de emigrantes taiwaneses que hacía muy poco habían llegado a nuestro país. En unas semanas generamos una linda relación de familia a familia, compartiendo algunos almuerzos y cenas en su casa y en la nuestra.
Los primeros seis u ocho meses di mis clases en diferentes lugares buscando un espacio que reuniera las condiciones para dar lo mejor posible y a la vez, que me fuera rentable económicamente. Este amigo, que además de practicar la medicina china y otras actividades era un practicante budista comprometido con su camino, me dijo entonces: “tiene que buscar un lugar en medio de la ciudad, en medio del ruido, donde la gente por la forma de vivir y trabajar, necesite hacer yoga. Entonces no sólo dará un buen servicio sino que además tendrá más gente y le será más rentable.” Y así fue, al inicio tomé sus palabras como un consejo, luego al llevarlas a la práctica comprobé que era cierto y con los años no lo dudo. En un lugar del mundo como el nuestro, tan lejano a la tradición espiritual y tan secular, la primera motivación de las personas no es la búsqueda espiritual sino, el bienestar. En una ciudad que crece hacia sus fronteras pero también hacia arriba, poniendo cada vez a más personas conviviendo a pocos metros, resulta imprescindible un espacio de calma y contemplación.
Muchas personas lo buscan saliendo de la ciudad a espacios verdes los fines de semana pero ni todos pueden hacer eso cada fin de semana ni siempre eso resulta suficiente. Entonces los espacios de práctica en medio de la ciudad resultan imprescindibles. Pero no es fácil. Al crecimiento “hacia arriba” de la ciudad en edificios con espacios cada vez más reducidos se le suma la multiplicación de los autos, los bares y cafeterías...toda una situación que empieza a ocurrir sin mucha planificación respecto a los espacios públicos, el disfrute, el trabajo de todos, la convivencia con diferentes intereses de descanso, trabajo o recreación…
Nuestra casa de yoga desde hace 9 meses está en un edificio en pleno centro. Debajo, hace un tiempo se instaló una cafetería que poco a poco fue tomando espacio de la vereda. Donde antes jugaban niños con sus bicicletas o con la pelota y la gente se detenía a conversar paseando sus mascotas ahora hay mesas, guirnaldas de luces, maceteros que interrumpen el paso, carteles que prometen “café con amor” y a la hora en que las personas vuelven de sus trabajos todo parece muy bello y armonioso. Pero son locales comerciales antiguos que no fueron pensados para tanta gente sentada a la tarde. Antiguos locales con un pequeño baño donde funcionaba una tienda o una almacén muy cerca de las ventanas de los dormitorios o los livings de los vecinos. Allí pues, estamos nosotros con nuestras prácticas y cuando el café pretende animar a sus comensales, la música a altísimo volumen hace vibrar hasta las paredes… y allí estamos nosotros, queriendo sostener el espacio de meditación y allí estarán otros vecinos queriendo descansar o simplemente pretendiendo el silencio en su casa después de una jornada de trabajo.
La ciudad y el centro se parece cada vez más aun experimento de convivencia bajo presión que a un espacio consensuado de convivencia. Y nosotros, que sostenemos un espacio de práctica y que intentamos practicar la virtud en las cosas cotidianas...¿deberíamos irnos del centro? ¿abandonar el espacio? ¿deberíamos invertir cada vez más dinero en aislarnos perdiendo incluso la posibilidad de abrir una ventana? ¿deberíamos convertirnos en “vecinos alertas” y denunciar ante el estado cada vez que se rompe una norma? ¿y cuando no se rompe ninguna norma y tan sólo se falta el respeto, se pierden los límites y se carece de sentido común?
De los primeros textos que leí sobre la vida de algunos yoguis, hay uno que me impactó de sobre manera. Recuerdo que lo compré en la feria y lo leí entre latas de pintura, baldes y escaleras a fines de los años 90. Contaba la vida de un maestro de la india que enviado por su maestro se instaló en un barrio de Nueva York en la década de los años 60 , cuando Nueva York no era la ciudad que conocemos hoy. Este maestro alquilaba un pequeño apartamento en un viejo edificio por escalera, derruido. En la misma habitación dormía a la noche, luego recogía su colchoneta y transformaba el salón en salón de prácticas donde impartía sus clases de yoga, nutrición vegetariana y canto devocional alternando con la ajetreada vida de un barrio paupérrimo de aquella ciudad.
Atesoro ese texto y éstos días he vuelto a repasar el capítulo en que cuenta sus inicios en aquella ciudad aparentemente tan hostil para la meditación y la espiritualidad. Y me he preguntado varias veces cuál sería el límite. Cuándo las dificultades enriquecen la práctica y cuándo debemos saber tomar otro rumbo. Cuándo debemos callar y dejar que los demás aprendan a su ritmo y a su tiempo por ejemplo sobre convivencia y respeto y cuándo es preciso hablar, expresar e incluso confrontar…
Cuando hablamos de una espiritualidad comprometida, hablamos también de éstas cosas.

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