Son las primeras horas del día en una mañana que anuncia la pronta primavera. Sentados los tres a la mesa del living desayunamos café recién hecho, jugo de naranja y unos bizcochos. Desde el día anterior a las cinco de la tarde aproximadamente que compartimos la charla -una puesta a punto de la semana-, la práctica, la cena y más charla y luego de dormir unas horas otra vez estamos sentados ante la fiesta de la amistad planificando algún paseo de fin de semana.
Cuando tres amigos
que lo han compartido todo se juntan suceden esas cosas: podemos ir a
cualquier conversación con la misma intimidad y confianza. Ya sea
celebrando la alegría o repasando nuestras propias tinieblas. Y para
quien sea el protagonista de ese momento, la compañía está
asegurada, uno puede volver y tocar sus vulnerabilidades, nombrar sus
“pecados” y sabe que incluso, en medio de ese túnel oscuro a
donde a veces nos lleva la tentación, allí no estamos solos. La
amistad no construye murallas a donde nada malo entra, tampoco nos
vacuna contra el dolor.
Sentados a la mesa
del living, entre emoción y alegrías, confirmamos que el Espíritu
no señala, ni apunta, ni condena, ni enjuicia, ni atormenta, ni
destierra, ni persigue...sino que llega a cada instante, como oleadas
de vida que sólo busca precisamente que la vida misma no se detenga.
Ayer comprendí algo. Cuando alguien hace algo contrario a su felicidad y a la de
quienes le rodean, es necesario que busquemos en esa persona “la
parte” que jamás tomaría por el camino equivocado. Convertirnos
en exploradores de su mundo y con audacia y bondad, buscar hasta
encontrar esa parte de ese ser humano que nunca hubiese hecho daño,
que nunca hubiese tirado el mapa de la dignidad para perderse de sí
mismo.
Pensaba en Jesús
cuando antes de hacer un milagro preguntaba “¿qué quieres que
haga por ti?” o “¿me amas?”...establecer el puente con esa
parte nuestra que sabe que la vida sólo crece y se expande en el
amor y la libertad. Recuperar el saber que reside en nuestras
entrañas de que lo que debemos atender no es “el pecado” sino a
quien lo sufre. Lo definitivo siempre es la persona humana.
(Y en esto del pecado no hay occidente ni oriente, más allá del folclore de cada tradición, nos debatimos siempre en las mismas aguas: señalar o abrazar).

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