Las personas de este mundo, en la actualidad, tenemos mucho por hacer. No basta con enumerar los compromisos que se entrelazan en nuestra vida cotidiana. La familia, el trabajo, la economía doméstica, los gastos, las compras, la vivienda, la educación, la salud y el bienestar...muchas cosas a las que atender cada día. También está lo que está más allá, los asuntos de la comunidad en la que vivimos como ciudadanos, las ocupaciones y preocupaciones que también llaman nuestra atención y nuestra labor, vivimos pues en un mundo que nos inculca una serie de valores que luego la dinámica del mismo mundo corrompe lo que nos exige luego que le dediquemos tiempo y energía para reparar, recomponer, recuperar y fortalecer: el cuidado del medio ambiente, las economías sustentables, los conflictos sociales, la injusticia, la violencia, la guerra...tenemos mucho por hacer. Cuanto más avanza la humanidad, al tiempo que parecen debilitarse los lazos que nos sujetan-y tememos al abismo del desastre- al mismo tiempo la información disponible, la ciencia, la inteligencia, hacen (o podrían hacer) la vida más sencilla y fácil para todos.
Es en este mundo donde me pregunto qué lugar tendrá el silencio, la contemplación, el tiempo para estar a solas y practicar. Hace tiempo que me pregunto qué hago con mi tiempo. Ya no tengo toda la vida por delante, he vivido un poco más de 50 años. Como a tantas otras personas la conciencia me llamó a través de muchas situaciones. También he sentido el llamado de la vida a vivir con conciencia y compromiso en la vida de otros, en sus dolores, en sus dificultades y también otros han llegado a mi vida a reconfortarme, a traer luz, a convertir muchas zonas áridas de mi persona en hermosos jardines llenos de frutos. Y la práctica. La práctica me ha llamado siempre. He sentido en las horas de estar solo, he sentido en el silencio ese llamado a vivir con plenitud.
Esa conciencia que se expande, es como una ventana que se abre y nos permite no sólo dejar que entre más luz y mejor aire a nuestro ambiente, que con eso sería suficiente, sino que además nos permite descubrir que el paisaje es enorme y lleno de matices. Abrir la ventana es una invitación a mirar y descubrir a la que no podemos resistirnos. He aprendido a sentir ese llamado y la práctica me fue suavizando para que yo pudiera responder. Pero más respondo, más se abre esa ventana, descubro que el paisaje es infinito, que cada mañana cuando amanece y cada tarde cuando cae el sol, tenemos la oportunidad de dejarnos conmover por una creación que nos sostiene sin pedir nada a cambio, aunque mañana yo sea indiferente al llamado de un pobre que en su necesidad pide ser visto y confortado y protegido, el sol saldrá de igual manera y entibiará mi cuerpo.
Hay tanto por hacer, con los demás y con uno mismo, pero todo ese hacer que cada uno de nosotros puede “hacer”, que es tan limitado, tan pequeño en el mundo con sus desastres, tan finito en el tiempo eterno… ¿Dónde adquiere su sentido? Humilde y muy humanamente creo que cobra su sentido cuando aprendemos a sentir en el silencio nuestro nombre, cuando comenzamos a saber que nuestros sentimientos pueden perdernos y llevarnos quién sabe a dónde o que pueden ser la voz, de aquél Amor que nos ama. Ghandi decía que la única manera de encontrar a Dios es “verlo en su creación y ser uno con Él”, y vaya si Ghandi habrá sido un hombre “ocupado”… Buscar la dimensión última de la vida, la unión con el Absoluto, ha de seguir siendo el norte para una vida plena como lo era para los antiguos místicos. Identificarnos con la humanidad y su trayectoria, recordar que somos la humanidad, que somos la naturaleza, no debería desviarnos del camino de una soledad interior, de un silencio profundo que nos permita seguir escuchando nuestro nombre y así poder responder a ese amor que nos mira y necesita de nuestro trabajo para seguir amando.
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