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"Aprendiendo a aprender", puente entre el pasado y el futuro







En una previa a la práctica de ayer, mientras nos preparábamos, surgió entre los presentes una charla acerca de leer y escribir, de aprender a escribir, de cuanto leíamos, cómo leíamos (¿libro objeto o libro digital?) y siento que fue un lindo compartir. ¿Desde cuándo escribo? Lo primero que escribí para los demás, fue un poema para mi abuelo en el día de su cumpleaños, yo tenía entonces 8 años. Desde que desarmamos su casa ese texto escrito en hojas de deberes escolares está conmigo y en esa época de escolar recuerdo que era común que mis “redacciones” temáticas fueran de clase en clase...muchas veces incluso la maestra me pedía que yo mismo las leyera… Pero ayer una amiga me preguntó: ¿fuiste a aprender a escribir a algún lugar? De ahí lo de la lectura...no sé si he aprendido a escribir y si he desarrollado un oficio de ello… algunas cosas que escribo me gustan más que otras y ciertamente me gusta compartirlo, pero mi respuesta siempre es: “he leído mucho, mucho, mucho, desde niño”. Un paseo imperdible para mí era perderme en la biblioteca de una tienda por departamentos a donde mi madre nos compraba ropa; mientras ella hacía la compra yo buceaba entre libros, enciclopedias y revistas. Puedo sentir el olor de la madera lustrada y encerada de los pisos y mostradores del lugar, el silencio que me envolvía y el entusiasmo por empezar a leer lo que me traía para casa…

En el año 2017, escribí para una sencilla revista que editábamos en Ananda una nota que hablaba sobre las formas de transmitir la tradición en nuestro tiempo. De esa nota extraigo un tramo en el que repaso de qué manera y quién sembró en mí el amor por los libros y la lectura y por consiguiente, también la inspiración de escribir. ¿De qué pueden serte útiles éstas líneas? Pues no se trata de escribir, en el corazón de este sencillo texto, no está el escribir o el leer, sino la relación enseñar y aprender. Cuando no sabemos y necesitamos aprender es imprescindible que sepamos reconocer quién puede enseñarnos y qué está sembrando en nosotros cuando nos comparte lo que sabe...incluso desde su poco "saber".



La relación y el yoga:
han pasado más de tres mil años, 
estamos al otro lado del mundo
y vivimos en medio de la ciudad. (2da parte)
Dharma, 2017


Cuando pensamos en alguien aprendiendo yoga generalmente pensamos en alguien acompañado. Ya sea en grupo o en un encuentro particular, el que aprende nunca está solo y esto que podríamos decir que está en el imaginario del yoga, no es casualidad. En lo más antiguo y rico de nuestra tradición, la relación es la esencia del aprendizaje: una conciencia “despertando” a otra conciencia.

Una experiencia de este tipo atesoro en mi corazón: siempre me gustó levantarme temprano y como siempre fui a la escuela de tarde, muchas mañanas de verano, en épocas de vacaciones pasaba largas horas solo hasta que mis amigos del barrio se levantaban y armábamos partidos de futbol en la calle. Otras mañanas íbamos a la playa con mi madre, pero esas en que andaba solo eran especialmente disfrutables cuando coincidía con que mi abuelo no trabajara. Entonces nos sentábamos bajo un árbol, a la sombra, en algún jardín de la cuadra y leíamos juntos una enciclopedia de aquellas que ya eran viejas cuando yo era niño, pero totalmente atractivas por su tamaño y su “explicación” de todo. Entonces mi abuelo parecía que sabía de todo y mucho y se apasionaba contándome y muchas, muchas veces, aprendíamos juntos pero a la luz de su experiencia y de anécdotas que él asociaba. Siento que allí se sembró gran parte de mi autoestima, de mi capacidad de aprender y cierto espacio de armonía en mi interior en donde me he refugiado siempre. Esas mañanas sin apuros, en una íntima relación de confianza, bajo un árbol que regalaba su sombra, accediendo no sólo a lo que el libro decía sino, a la infancia de aquél hombre que no era tan viejo por entonces, pero que para mí sí lo era. Un hombre que no había pasado de segundo grado de escuela en su pueblo natal y que desde esa experiencia sembraba en mí la vocación de estudiar y aprender y de seguir aprendiendo siempre.


No fue lo que él sabía sino su confianza. No fue lo que leímos, que ni recuerdo, sino el estar juntos, cercanos, (aun hoy más de treinta años después, cierro los ojos y escucho su voz y la mía, siento sus manos, huelo las hojas de aquellos libros inmensos de tapas duras). No fue su erudición, ni siquiera cierta autoridad moral sobre mí, sino que esa parte despierta en él (más si pienso en que no había terminado segundo de escuela, por lo que todo lo que sabía lo había aprendido ya de grande), despertó en mí la sed de saber, de conocer y de superarme. En aquellas mañanas creo que no solo aprendí algunas cosas, lo decisivo fue que en esos encuentros me sentí protegido y contenido. Había alguien con quien compartir mi interioridad que además era un referente de experiencia y contención.

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