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Un aquí y ahora profundo y sin barniz (4)

                            
                                


Cuando Jesús inició su vida pública qué impacto habrá tenido entre la gente de su época la afirmación: “El reino de Dios ya ha llegado” En un país sometido por un poder extranjero, explotador, violento, injusto por donde se lo mirara…en una sociedad fragmentada, con un poder político nacional desconectado de las necesidades de las grandes mayorías, con leyes asfixiantes, imposibles de cumplir para esas mayorías pobres y oprimidas, y cuyo incumplimiento marginaba aún más, en medio de todo ese panorama sombrío, Jesús decía: “El reino de Dios ya ha llegado”.

Pero parece que esa era la certeza que él vivía. Una fuerza liberadora se abre paso. Y su actuación pública está en relación con esa experiencia que él tenía. No es Jesús un maestro que anuncie que si hacemos tal o cual cosa Dios va a premiarnos con conocimiento o sabiduría sino que nos invita a cambiar nuestra mirada del mundo y de la vida y así poder contactar con la presencia de Dios en todas las cosas, no como un juez que juzga y reparte sino como una fuerza salvadora… salvadora de la miseria, del egoísmo y de la mediocridad, del engaño y la falsedad, de la hipocresía, de la indignidad, de la injusticia.

Entonces las personas lo buscaban, así como buscaban al mesías que los liberaría de la tiranía, también buscaron ese “reino” que Jesús anunciaba como ya presente. Y allí, lo revolucionario para la conciencia incluso para nuestra conciencia hoy, dos mil años después: “El reino de Dios no viene de forma espectacular ni se puede decir: mírenlo aquí o allí. Sin embargo el reino de Dios ya está entre ustedes”.*

Si “el reino de Dios” significaba un cambio radical de vida, un cambio total de las condiciones de vida de las personas, ¿dónde estaba sucediendo? ¿cómo verlo? ¿cuáles eran las señales? Las personas de la antigüedad esperaban entonces los cataclismos, los sismos, el cielo abierto, los coros de los ángeles cantando…todo aquello que las escrituras de sus antepasados habían prometido. Pero Jesús insistía en que el reino de Dios ya estaba allí “entre ustedes”.

Pero es cierto también que quienes comprendieron que la presencia del Espíritu no sería como la que describieron los antiguos, muchas veces tampoco comprendieron el mensaje y proyecto de Jesús. Que el reino de Dios fuera una fuerza liberadora que las personas sentiríamos en nuestro corazón no significa que es una experiencia privada. El proyecto de Jesús, la experiencia del Espíritu que él comunicó a la humanidad no es un proyecto privado en el que cada uno se las arregla para tener una experiencia privada, una especie de “entrevista” a solas con Dios.

La fuerza de la que Jesús habla y la experiencia que él comunica parte de leer las cosas de Dios en las cosas de la vida. Por eso no es una experiencia privada y eso es una verdadera revolución de la conciencia. El cambio radical en nuestra mente, en nuestra manera de tratar con el sufrimiento o la alegría, parte de cómo “impacta” en nuestro corazón esa fuerza que está allí en las cosas de la vida.

Ciertamente, es necesario la meditación, el retiro, la calma, la conexión con nuestra vida interior para poder ver a Dios en las cosas de la vida y captar esa fuerza que nos libera del individualismo y nos dice que no hay salvación fuera de la humanidad compartida. Pero al sentarnos a meditar, cuando buscamos el autoconocimiento no nos servirá de mucho creer que estamos yendo camino a una experiencia espiritual privada que nos salvará de lo que nos causa el sufrimiento. Como les pasó a los contemporáneos de Jesús, las condiciones de vida, las formas sociales, la injusticia, la violencia, el condicionamiento, nos lleva a creer que el otro es una amenaza a nuestra felicidad. Llegamos a creer que competimos por porciones de felicidad y libertad y entonces el otro es una competencia, un competidor al que tengo que eliminar de mi camino…Eso es lo que define, según Jesús, la cercanía y la presencia de ese “reino de Dios” o su lejanía o inexistencia.

¿Dónde se hace presente ese proyecto? ¿Dónde podemos ver al Espíritu actuando y palparlo? Donde se trabaja juntos, donde se comparte, allí donde las personas nos reunimos a tratar de aliviar y erradicar el sufrimiento, donde estamos dispuestos a acompañar y repartir las cargas, allí donde ya no juzgamos sino que escuchamos y fortalecemos…Jesús, este hombre que nacerá de forma concreta en un tiempo y lugar tenía una experiencia íntima de Dios, íntima sí pero no privada, no exclusiva. Lo vivía plenamente en su corazón, tanto que llegó a convertirse en la Palabra misma del espíritu. Sus actos llegaron a mostrar cómo actuaba Dios porque ese "reino de Dios" sólo era palpable en las manos y en las acciones de quienes quisieran acogerlo, recibirlo y echarlo a andar. Por eso quizás se pasará el tiempo animando a las personas a cambiar su forma de vida, a mirarse unos a otros de otras maneras, a curar por compasión y no por espectáculo o demostración de poder, por so se lo describe siempre junto a los más pobres, a los marginados de la sociedad, a los excluidos o enfermos o perdidos en falsas creencias...por eso quizás los poderosos de su tiempo lo persiguieron y  buscaron para matarlo...por eso quizás incluso lo mataron.

Lo digo con toda humildad frente a los estudiosos de los temas referidos a las palabras verdaderas y formas de referirse de Jesús: incluso cuando hablamos de “reino de Dios” quizás no seamos del todo justos con los que él experimentaba y comunicaba acerca de Dios, pues cuando oraba, no le decía ni rey ni señor ni siquiera “padre” sino ABBA, una palabra que refiere al padre pero cuyo origen está en el lenguaje infantil. Jesús no fue el único de su tiempo en dirigirse a Dios como Padre y él mismo seguramente habrá usado otras formas culturales de su época, pero parece que la forma en que él encontraba mayor transparencia para contarle a los demás como era Dios era esa palabra Abba, que significa “papá”. **

Qué diferente sería una educación espiritual que nos enseñara desde pequeños que hay una fuerza en la vida, que está llegando permanentemente, que está disponible para nosotros si estamos dispuestos a amar y a dejarnos amar y que podemos llamarla “papá”.



*Evangelio de Lucas, capítulo 17, versículo 21.
** José Antonio Pagola, dice que “las primeras palabras que balbuceaban los niños de Galilea eran: inmá (mamá) y abbá (papá). Así mismo llamó Jesús a María y a José. Por eso abbá evoca el cariño, la intimidad y la confianza del niño pequeño con su padre. (Pagola, “Jesús aproximación histórica”.PPC 2013)
*****imagen de portada: www.servicioskoinonia.org/cerezo/indexAgraf.php

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