El adviento ya ha comenzado para los cristianos. Ese período del año en el que quien se siente discípulo de Jesús, se prepara para vivir la navidad o el tiempo de navidad.
Esta primera de las cuatro semanas de adviento te invito a pensar en dos palabras: “aquí” y “ahora”. Palabras que muchas veces repetimos en las meditaciones, en los textos que compartimos y que desde hace ya unas décadas han ido perdiendo su verdadero significado y que creo, tienen mucho que ver con la navidad.
En todas las tradiciones espirituales de todos los tiempos, el tema de la encarnación de Dios, de la intervención de Dios en la historia humana ha sido precisamente un tema. La humanidad ha necesitado pensar, imaginar, sentir y creer que Dios, “eso” trascendente y eterno, absoluto y perfecto un día intervendría en su vida concreta, limitada, imperfecta, dolorosa, mediocre… y la transformaría. Esa esperanza animó a millones de hombres y mujeres a lo largo de toda la historia a crear condiciones de vida dignas, a abrir sus corazones a la compasión y a libertad… pero en navidad hablamos de un caso en particular: el de Jesús. Quien enseñó y nos comunicó un camino con su vida concreta. Nada de teología ni de dogmatismos, nada o casi nada de escrituras y leyes sino y más bien, mucho de relación, de vida junto a los demás, de ejemplos cotidianos, de relatos concretos de la vida misma que provocaran reflexión y cambio en las actitudes de las personas.
Es en ese sentido que te invito a pensar la navidad y este tiempo previo. ¿Recordar, celebrar, conmemorar esos acontecimientos tiene sentido para vos en el entorno de tu vida concreta hoy? seguramente que no. O al menos no, si no te das un tiempo para reflexionar acerca de cómo vivís la vida misma, cómo te relacionas con los demás, cómo tratas con tu propio sufrimiento y la búsqueda de dignidad…
La humanidad atesora una cultura espiritual que puede ser luz en tiempos de individualismo y violencia. Pero la historia de las “encarnaciones de Dios” ha sido complicada. Los pueblos y las culturas donde esas “encarnaciones” han sucedido, las religiones que dicen que “su” dios es verdadero y único, el tiempo histórico en el que Dios se hace presente en la vida de esas culturas generalmente hace ya muchos siglos atrás…luego las teologías y las instituciones y las costumbres y los dogmas…todo se ha vuelto difícil. Por eso yo quisiera comenzar en la vida de Jesús. ¿Quién fue? ¿Qué hizo? ¿Cómo vivió?
Tengo la esperanza y la fe de que puedo cambiar y ser mejor persona humana. Tomo la decisión de dar pasos hacia esa transformación que es siempre riesgo de amar y de ser libre de falsas creencias y dogmatismos que ahogan la espiritualidad. Entonces me pregunto: ¿qué puede salvarme de lo que se interpone entre mi Ser y yo mismo? ¿Qué puede salvarme del egoísmo, de la indiferencia, del fundamentalismo, del odio y del resentimiento? ¿Qué me salva de vivir una vida a medias?
Cuando vuelvo a mirar a Jesús y su vida y me dejo mirar por su mirada, descubro que me dice: lo que te salva está disponible “aquí y ahora”. Pero no barnizado de superficialidad y sentimentalismo. Este “aquí y ahora” está presente en tu corazón, está disponible allí a donde sólo vos podés llegar y abrir la puerta para que desborde todos los ámbitos de tu vida.
¿Dios viene en navidad? ¿Dios vino hace 2 mil años en aquel lugar remoto del mundo?
A Dios no lo podremos conocer nunca con nuestra mente porque resulta un instrumento muy limitado a la hora de comprender lo eterno y absoluto del amor, pero podemos saber cómo actúa viendo cómo actuó Jesús. No sabremos quién es Dios, pero en Jesús sabemos cómo es Dios. Por eso es que se vuelve relevante nuestra presencia, nuestra decisión de hacerle lugar a su palabra. Para decir algo más complicado (no necesariamente más profundo): Jesús es la palabra de Dios, es su voz. Para decir lo mismo de forma sencilla (seguramente más profunda): al lado de Jesús las personas se sentían sanas, dignas, curadas…revivían, se transformaban y creían en el amor.
** Imagen de portada de Cerezo Barredo

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